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En 2026, el aburrimiento parece tener cada vez menos espacio en la vida de los niños, una tendencia que preocupa especialmente a los psicólogos. Aunque pueda resultar incómodo o molesto en un primer momento, aburrirse puede ser beneficioso para el bienestar, la salud y el desarrollo mental. Según Margaret Murray, autora, profesora y experta en crianza y comunicación, muchos padres han adquirido el hábito de intentar evitar a toda costa que sus hijos pasen por esos momentos de aburrimiento.
La experta, en declaraciones recogidas por The Conversation, explica que «muchos padres están muy ocupados con el trabajo y las preocupaciones económica, y ofrecer un juego, un programa de televisión o una actividad creativa en casa suele proporcionar un poco de paz y tranquilidad», señala. De esta manera, los adultos pueden trabajar, preparar la comida o realizar otras tareas sin interrupciones constantes ni escuchar. Sin embargo, diferentes investigaciones apuntan a que aburrirse tiene beneficios para el desarrollo de los más pequeños.
Los beneficios del aburrimiento en niños
Un estudio publicado en la revista Psychological Review señala que, si bien el aburrimiento es un estado emocional desagradable, cumple una función muy importante: proporciona información sobre cómo nos sentimos y sobre aquello que necesitamos cambiar. Puede aparecer cuando una actividad resulta demasiado sencilla o poco estimulante, pero también cuando es excesivamente complicada y cuesta mantener la atención.
Según los investigadores, el aburrimiento no es necesariamente positivo ni negativo. Su utilidad depende, en buena medida, de cómo respondemos ante él. Buscar una solución inmediata puede aliviar esa sensación durante un tiempo, pero recurrir constantemente a estímulos externos no permite abordar aquello que está provocando el aburrimiento.
En la misma línea, investigaciones realizadas por la Universidad de Texas, en Estados Unidos, sugieren que el aburrimiento puede impulsar a las personas a buscar nuevos objetivos cuando la actividad que están realizando deja de resultar estimulante. En el caso de los niños, esos momentos en los que aparentemente «no pasa nada» pueden convertirse en una oportunidad para que sean ellos mismos quienes busquen qué hacer: inventar un juego, imaginar una historia, explorar el entorno o encontrar una nueva forma de entretenerse.
«La mente infantil necesita espacios de pausa para integrar lo que vive, ordenar emociones y desarrollar la creatividad. El silencio y la falta de estímulos no son un vacío, sino un lienzo en blanco y un lugar donde crear, imaginar y resolver», afirma Raquel Martín Martínez, psicóloga y codirectora de Por ti Psicología, según recoge elDiario.es. «Que un niño se aburra no es un fallo en la crianza, sino una necesidad evolutiva, es un estado que empuja al cerebro a buscar alternativas, a imaginar, crear, explorar. Sin aburrimiento, no hay creatividad y, sin creatividad, no hay autonomía».
El peligro de la sobreestimulación
«En las películas de los 60 y 70 la autoridad siempre es negativa y el niño era un cero a la izquierda. En los años 80 empezaron a cambiar los niños en el cine y se fueron convirtiendo en más inteligentes que los adultos. A partir de los 2000 se invirtieron los papeles y son los adultos los que ruegan a los niños. Estos modelos de comportamiento se transmiten del cine a las familias», comenta Miguel Ángel Ruiz, investigador de procesos sociales y culturales, a La Vanguardia.
Una investigación publicada en la revista Journal of Environmental Psychology concluyó que tanto la sobreestimulación como la falta de estímulos pueden afectar negativamente a la capacidad de atención de los niños. Tras exponerse a entornos con un nivel excesivo o insuficiente de estímulos, los estudiantes mostraron un menor rendimiento atencional. Los resultados apuntan a que tanto un ambiente demasiado cargado como uno excesivamente pobre pueden «robar» recursos cognitivos necesarios para mantener la concentración en tareas que requieren esfuerzo, como leer, estudiar o resolver problemas.
Ante esta realidad, conviene prestar atención al tiempo que dedicamos a concentrarnos sin interrupciones y al disfrute pausado de la lectura. Recuperar momentos alejados de estímulos constantes, favorecer hábitos que ayuden a mantener la atención durante más tiempo y apostar por contenidos que inviten a pensar pueden ser medidas útiles para reducir el impacto de la hiperestimulación. El objetivo es preservar una capacidad fundamental no sólo para leer, sino también para comprender, reflexionar y pensar.
«La hiperestimulación nos roba la atención y leer se vuelve cada vez más difícil para niños y adultos. Si te doy ahora mismo mi libro, durante una hora, al final te puedo preguntar qué has leído y sabrías decirme algo. En cambio, si te pido que estés durante una hora en las redes sociales al final de la hora no serías capaz de decirme más de tres cosas. No somos capaces de retener esa información porque es muy fraccionaria. Son algoritmos diseñados para que pases la mayoría del tiempo posible ahí. Además, tenemos muchos estímulos a través de notificaciones y cada vez nos cuesta más concentrarnos», concluye Ruiz.