Reflexión

La lección magistral de Rubén Darío, poeta nicaragüense: «Creo que siempre es preferible la neurosis a la imbecilidad”

Rubén Darío
Retrato de Rubén Darío. Foto: Dominio público.
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Rubén Darío escribió, a finales del siglo XIX, una de las frases que con el tiempo más se ha repetido fuera de contexto: «Creo que siempre es preferible la neurosis a la imbecilidad». Para quien tiene un algoritmo ajustado a la literatura, puede que lo haya visto en redes sociales, atribuida sin más al poeta nicaragüense, como si fuera una premisa aislada nacida de la nada.

Pero la frase no salió de un diario íntimo ni de una entrevista: pertenece a uno de sus relatos más conocidos, publicado cuando Darío apenas tenía 21 años y todavía no era el poeta consagrado que llegaría a ser. Detrás de esas palabras hay un personaje, una historia completa y una defensa muy personal de la sensibilidad artística.

¿Por qué Rubén Darío admitió que prefería la neurosis a la imbecilidad?

La frase pertenece al cuento El pájaro azul, incluido en Azul, el libro que Rubén Darío publicó en 1888 y con el que, con apenas 21 años, inauguró el modernismo en lengua española.

Esta la pronuncia Garcín, el protagonista, un joven poeta bohemio al que su propio padre, un zapatero, considera medio loco por dedicarse a escribir versos en lugar de aprender un oficio respetable.

Cabe remarcar que aquí Garcín defiende su vocación frente a un entorno que solo valora lo práctico y lo rentable, y es en ese contexto donde pronuncia la frase que hoy se repite sin conocer su procedencia.

Monumento a Rubén Darío en el Parque de Málaga
Monumento a Rubén Darío en el Parque de Málaga. Foto: Miwipedia en Wikimedia Commons.

Para él, la agitación interior de un espíritu sensible, lo que Darío llamaba neurosis, era preferible a la calma resignada de quien nunca cuestiona nada ni siente demasiado.

Garcín, el poeta que Rubén Darío inventó para defenderse a sí mismo

Inevitablemente, hay que admitir, al hablar de Rubén Darío, que él vivió de cerca ese enfrentamiento entre vocación artística y expectativas familiares.

Publicó su primer poema a los trece años y pronto se ganó fama de niño poeta, una etiqueta que despertaba tanto admiración como recelo entre quienes esperaban de él un oficio más convencional, alejado de la escritura y sus incertidumbres.

El final del cuento, con Garcín muerto y un médico que asegura haber encontrado los restos de un pájaro azul en su cerebro, funciona casi como una premonición.

Años después, el propio Darío padecería alucinaciones y una salud mental deteriorada por el alcohol, hasta el punto de que su biografía terminó pareciéndose, en algunos tramos, a la ficción que él mismo había imaginado de joven.

La sensibilidad, ¿Es un don o una enfermedad?

Tengamos en cuenta que la palabra neurosis tenía, en la época de Darío, una carga distinta a la que tiene hoy en la psicología clínica.

Servía para nombrar una sensibilidad exacerbada, casi enfermiza, que los modernistas reivindicaban como marca de superioridad artística frente al materialismo de la sociedad burguesa de finales del siglo XIX, mucho más preocupada por el orden y las apariencias que por el arte.

Y por su parte, la imbecilidad que Darío contraponía no aludía a la falta de inteligencia, sino a la indiferencia cómoda de quien nunca se cuestiona nada ni se deja perturbar por el arte, la belleza o la injusticia.

Esa distinción explica por qué la frase sigue citándose siglo y medio después: plantea un dilema que la vida moderna, con toda su comodidad, tampoco ha resuelto.

Lo que la frase de Rubén Darío sigue preguntándonos hoy

Rubén Darío escribió esta defensa de la sensibilidad artística mucho antes de que la psiquiatría moderna existiera como disciplina, y mucho antes también de que las redes sociales convirtieran la frase en una cita descontextualizada para perfiles y biografías.

Estatua de Rubén Darío en el Paseo Marítimo de Palma de Mallorca
Estatua de Rubén Darío en el Paseo Marítimo de Palma de Mallorca. Foto: Paucabot en Wikimedia Commons.

El contraste que planteó en 1888 sigue funcionando porque toca un nervio que no ha cambiado, que es la tensión entre sentir de más y no sentir nada.

Darío murió en León, Nicaragua, en 1916, a los 49 años, tras una vida marcada por el alcohol y la inestabilidad que él mismo había anticipado en la ficción de Garcín casi tres décadas antes. El pájaro azul de su cuento, decía el médico del relato, seguía revoloteando dentro del cráneo del poeta cuando lo abrieron: una imagen que el propio Darío terminó convirtiendo, sin saberlo, en profecía.

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