Un hallazgo brutal inesperado: un GPS de hace 97 millones de años podría explicar cómo se movían los animales antiguos

Hace casi 100 millones de años, un animal marino ya tenía un mecanismo interno basado en diminutos cristales magnéticos capaces de leer el campo magnético terrestre con suma precisión, algo similar a un sistema de navegación por GPS. El hallazgo, publicado en la revista Nature, ha sorprendido a paleontólogos y biólogos, al tratarse de una auténtica brújula interna.
Un equipo de científicos ha identificado el que podría ser el sistema de navegación más antiguo conocido hasta la fecha en sedimentos del fondo del Atlántico Norte. Se trata de magnetofósiles, microscópicos cristales de magnetita que produjo un organismo vivo hace al menos 97 millones de años. Sergio Valencia, investigador del Helmholtz-Zentrum Berlin y líder del estudio, esta estructura no es casual: «Cualquier criatura que haya creado estos magnetofósiles probablemente era capaz de una navegación precisa», afirma Richard Harrison, catedrático de la Universidad de Cambridge y codirector del estudio.
El animal que utilizaba GPS hace casi 100 millones de años
«Los magnetofósiles gigantes son partículas biogénicas de magnetita, de tamaño micrométrico, poco comunes, que se encuentran en sedimentos con una antigüedad de al menos 97 millones de años. Sus morfologías distintivas son el resultado de un proceso de biomineralización controlada biológicamente, aunque la identidad del organismo que las produjo y la función biológica que desempeñaban siguen siendo, a día de hoy, un misterio. Hasta ahora, se pensaba que dicho organismo aprovechaba principalmente las propiedades mecánicas de la magnetita con fines de protección.
En este estudio se explora una hipótesis alternativa: que el organismo utilizara las propiedades magnéticas de la magnetita con el objetivo de la magnetorrecepción, es decir, la capacidad de orientarse mediante el campo magnético terrestre. Para ello, se presenta un análisis mediante tomografía vectorial magnética tridimensional de un magnetofósil gigante, con el fin de evaluar su potencial como sensor magnético», explican los investigadores.
El hallazgo de los investigadores fue realmente asombroso: un vórtice magnético que permitiría detectar tanto la dirección como la intensidad del campo magnético terrestre y, por ende, la longitud y la latitud. En los océanos del Cretácico, donde no existían referencias visuales claras y las corrientes podían arrastrar a los animales miles de kilómetros, disponer de un sistema así habría supuesto una gran ventaja evolutiva.
El periodo Cretácico es la última de las tres partes en las que se divide la era Mesozoica. Abarca desde el final del periodo Jurásico hasta el principio del Paleoceno. El final del Cretácico define el límite entre las eras Mesozoica y Cenozoica.
«Demostramos que la gran magnetización significa que estaría optimizada para detectar variaciones en la intensidad del campo magnético terrestre de un lugar a otro, lo cual es clave para crear un «sistema GPS» natural que permita a un animal geolocalizarse, no solo saber, por ejemplo, en qué dirección está el norte», dijo Rich Harrison.
Hoy sabemos que aves migratorias, peces, tiburones, tortugas marinas e incluso algunos insectos tienen magnetorrecepción, la capacidad de orientarse gracias al campo magnético terrestre. Gracias a este sentido, pueden desplazarse miles de kilómetros con una precisión sorprendente. «Estos gigantescos magnetofósiles marcan un paso clave en la evolución de la magnetorrecepción, desde formas bacterianas simples hasta sistemas complejos de navegación», explica Harrison.
Sin embargo, a pesar de los avances realizados, los investigadores continúan sin saber la identidad del organismo que produjo estos cristales, ya que no han encontrado restos corporales asociados. «La siguiente pregunta es qué hizo estos fósiles. Esto nos indica que debemos buscar un animal migratorio que fuera lo suficientemente común en los océanos como para dejar abundantes restos fósiles».
Algunos científicos creen que podría tratarse de un pez migratorio, quizá una especie abundante en los océanos del Cretácico. Otros sugieren similitudes con las anguilas modernas, famosas por sus migraciones transoceánicas y su capacidad para orientarse con una precisión asombrosa. «Necesitamos encontrar un animal migratorio que fuera lo bastante abundante en los antiguos océanos como para dejar estos restos», admite Harrison.
Más allá de lo anecdótico que resulta la existencia de una estructura similar a un sistema de navegación GPS hace casi 100 millones de años, este hallazgo tiene grandes implicaciones en el estudio de la evolución. «De este modo, el organismo podría haber tenido un sentido magnético que le permitiera navegar con seguridad».
«Los resultados revelan la presencia de un único vórtice magnético que muestra una respuesta optimizada a las variaciones espaciales en la intensidad del campo magnético de la Tierra. Esta característica magnética podría haber supuesto una ventaja evolutiva para organismos marinos móviles, al facilitar una navegación precisa en entornos oceánicos antiguos.
El hallazgo establece además un límite temporal superior para el desarrollo de la magnetorrecepción con fines de navegación y abre la posibilidad de que existan evidencias aún más antiguas de este sentido conservadas en el registro fósil. De forma más amplia, este trabajo ofrece un marco metodológico para evaluar la evidencia morfológica y magnética de partículas biogénicas de óxidos de hierro, un elemento clave en la búsqueda de las primeras formas de vida tanto en la Tierra como en Marte».