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Giro radical de la NASA: descubren que la mayor luna de Saturno no tiene un océano, sino algo mucho mejor para la vida

Saturno, NASA, océano
Representación ficticia de Titán.
  • Betania Vidal
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Durante años, Titán fue uno de los lugares más prometedores del sistema solar para buscar vida. Bajo su superficie helada, los científicos creían que se escondía un océano global de agua líquida, parecido al de algunos satélites de Júpiter. Ahora, una revisión de los datos ha obligado a cambiar esa imagen casi por completo.

El nuevo escenario es distinto y más complejo. Titán no parece tener ese océano profundo y continuo que se daba por hecho. En su lugar, los investigadores hablan de un interior mucho más espeso, irregular y dinámico. Hay agua, pero no como se esperaba, y de una manera que podría jugar a favor de la vida.

Qué hay bajo la superficie helada de la luna de Saturno

La historia empieza con una misión ya terminada. La sonda Cassini pasó casi veinte años estudiando Saturno y sus lunas antes de desaparecer en 2017. Entre sus muchos datos, había uno especialmente intrigante: cómo se deformaba Titán por la gravedad del planeta mientras orbitaba a su alrededor.

Esa deformación, conocida como marea, fue clave para proponer la existencia de un gran océano bajo la superficie. Si Titán se estira y se aplasta con facilidad, su interior no puede estar completamente congelado. Un océano era una buena explicación de este fenómeno.

Al rehacer los cálculos con técnicas más precisas, sin embargo, los investigadores detectaron algo que antes había pasado desapercibido. La deformación no ocurría al mismo tiempo que la máxima atracción gravitatoria de Saturno. Llegaba con unas 15 horas de retraso.

Ese desfase lo cambia todo, ya que un líquido responde casi de inmediato, mientras que un material espeso, no. Ese retraso indicaba que el interior de Titán no se comporta como un océano de agua líquida.

Un interior más parecido al Ártico que a un océano en la luna de Saturno

En lugar de un océano global interconectado, los científicos proponen ahora una estructura mucho más viscosa. Algo parecido a un granizado denso, una mezcla de hielo y agua que fluye lentamente.

En ese interior habría bolsillos de agua líquida atrapados entre capas de hielo a alta presión. No es agua libre circulando por todo el planeta, sino zonas concretas donde el agua permanece líquida gracias al calor interno y al contacto con el núcleo rocoso.

Lo interesante es que esas bolsas podrían alcanzar temperaturas cercanas a los 20 grados, lo que supone un contraste enorme con la superficie de Titán, que ronda los -180 grados. Ese calor permitiría reacciones químicas complejas y, sobre todo, la disolución de nutrientes procedentes de la roca.

Desde el punto de vista de la astrobiología, en un océano enorme, los nutrientes quedan muy diluidos, pero en volúmenes pequeños están más concentrados. Menos espacio significa más oportunidades para que surjan procesos químicos interesantes.

Además, el interior viscoso encaja con el retraso observado y con la forma en la que Titán responde a las fuerzas de Saturno. No hace falta un océano profundo para entender su dinámica.

Todo esto llega antes de la misión Dragonfly, prevista para despegar a partir de 2028, que estudiará Titán desde su superficie con un dron equipado con instrumentos científicos. Ya no buscará mareas de un océano oculto, sino señales sísmicas que confirmen la existencia de ese interior espeso y heterogéneo.

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