Sánchez y el PSOE son la tragedia

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¿Qué está pasando en España? La pregunta puede parecer imprecisa, incluso incómoda, porque no señala un hecho concreto. Pero precisamente por eso es imprescindible. España no atraviesa una sucesión de accidentes: atraviesa una deriva. Y las derivas no se explican por casualidades, sino por responsabilidades.

No voy a detenerme en episodios aislados, aunque los hechos son de una gravedad insoportable. El accidente ferroviario de Adamuz, con 45 muertos y cientos de heridos, no puede despacharse como una desgracia fortuita cuando, poco después, se producen otros tres accidentes similares. Tampoco puede separarse del contexto el desastre de la DANA, con 237 víctimas mortales, miles de heridos y daños materiales devastadores. Ni puede minimizarse un apagón general que deja ocho muertos y paraliza el país.

Cuando los desastres se encadenan, dejan de ser accidentes para convertirse en patrón. Y todo patrón exige una pregunta incómoda: ¿qué falla estructuralmente para que España se haya convertido en un país vulnerable, mal gestionado e incapaz de proteger a sus ciudadanos?

La respuesta apunta directamente al Gobierno. Este PSOE y este Pedro Sánchez han degradado el Estado hasta extremos inéditos. Han pactado con terroristas y con golpistas, con quienes han atentado contra la vida, la ley y la unidad de España. Han indultado a los responsables de una rebelión contra el orden constitucional y ahora pretenden amnistiarlos. Han intercambiado impunidad por poder. Han convertido la traición en estrategia y la mentira en norma de gobierno.

Mientras tanto, los españoles soportan una presión fiscal asfixiante, la mayor de nuestra historia reciente, mientras miles de millones se despilfarran en subvenciones ideológicas, chiringuitos políticos y redes clientelares. Se tolera y fomenta una inmigración irregular sin control, se abandona a los ciudadanos frente a una inseguridad creciente y se normaliza una corrupción sistémica en la contratación pública.

La colonización política de las instituciones ha colocado a incompetentes en puestos que exigen conocimiento técnico, rigor y responsabilidad. La consecuencia no es abstracta: es muerte, es caos, es colapso. A ello se suma una política exterior errática y vergonzosa, que nos ha ganado enemigos, ha debilitado nuestra posición internacional y ha comprometido gravemente nuestros intereses económicos, geopolíticos y estratégicos.

Todo esto conforma un escenario que remite a lo que Maurice Blanchot describía como la metafísica del desastre: ese punto en el que los acontecimientos extremos no solo destruyen infraestructuras o economías, sino que rompen el sentido mismo del mundo. No se trata sólo de catástrofes materiales, sino de una grieta profunda en la confianza, en el orden y en la idea misma de Estado.

Y en el centro de esa grieta está Sánchez y su Gobierno. Un Ejecutivo que no es víctima de las crisis, sino su origen. No gestiona el desastre: lo encarna. Es negligencia, corrupción, sectarismo y mentira convertidos en sistema. Es causa y efecto al mismo tiempo: el presente contiene el germen del próximo desastre y la consecuencia de los anteriores.

España no está atravesando una mala racha. Está sufriendo las consecuencias de un proyecto político fallido, moralmente corrompido y estructuralmente destructivo. Y mientras este Gobierno siga en pie, el desastre no será una excepción, sino triste y lamentablemente una continuidad.

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