Elena Daprá, psicóloga integrativa: «Cuando miras el móvil justo después de haberlo mirado, aumenta la sensación de dispersión y un cansancio mental difícil de identificar»

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¿Cuántas veces has desbloqueado el teléfono, lo has mirado durante unos segundos y has vuelto a consultarlo casi de inmediato? Éste es un gesto muy habitual, hasta el punto de que la mayoría de personas ni siquiera son conscientes de la cantidad de veces que lo repiten a lo largo del día. Sin embargo, según la psicóloga integrativa Elena Daprá, detrás de este comportamiento se esconden factores relacionados con la gratificación instantánea.
«Muchas veces no buscamos algo concreto; simplemente nuestro cerebro ha aprendido que el móvil puede proporcionarnos información, entretenimiento, contacto social o una pequeña recompensa inmediata», explica. El resultado es un estado de expectativa constante que nos mantiene pendientes de que pueda suceder algo interesante al otro lado de la pantalla.
¿Por qué miramos constantemente el teléfono?
A menudo consultamos el móvil aunque sepamos que es poco probable que tengamos una nueva notificación. La explicación está en la forma en que nuestro cerebro responde a la incertidumbre. Según Daprá, estamos predispuestos a fijarnos en las novedades porque, desde una perspectiva evolutiva, detectar cambios en el entorno es clave para la supervivencia. En la actualidad, ese mismo mecanismo encuentra un escenario ideal en las notificaciones y las redes sociales.
«Muchas veces miramos el móvil no porque sepamos que hay algo nuevo, sino porque existe la posibilidad de que lo haya», explica a Telva. A esto se suma el papel de la dopamina, un neurotransmisor que se suele asociar con el placer, aunque en realidad está más vinculado a la motivación y a la expectativa de obtener una recompensa. «El cerebro libera más dopamina cuando la recompensa es incierta que cuando está completamente asegurada», señala la psicóloga.
En este contexto, hay momentos en los que se intensifica el impulso de consultar el móvil porque el dispositivo también cumple una función emocional. «Cuando nos aburrimos, nos ofrece un estímulo inmediato. Cuando sentimos estrés, se convierte en una forma rápida de desconectar. Y cuando estamos cansados, exige un esfuerzo mental mínimo», explica Daprá. Más allá de entretenernos, el móvil actúa como un refugio temporal frente al aburrimiento, la incertidumbre o el malestar.
La psicóloga insiste en que no se trata de demonizar la tecnología, sino que lo importante es recuperar el control sobre cuándo y para qué utilizamos el móvil. Para ello, recomienda poner en práctica medidas sencillas como desactivar las notificaciones que no sean imprescindibles, mantener el teléfono fuera de la vista mientras trabajamos o reservar pequeños momentos del día libres de pantallas.
Uno de sus principales consejos consiste en hacer una breve pausa antes de desbloquear el móvil y preguntarse: «¿qué voy a hacer exactamente?» «Ésta simple pregunta ayuda a interrumpir muchos comportamientos automáticos», explica. El objetivo no es reducir el uso del teléfono a toda costa, sino utilizarlo de forma más consciente.
La gratificación instantánea
La gratificación instantánea es un concepto psicológico que describe la tendencia de las personas a buscar recompensas o satisfacer sus necesidades de forma inmediata, en lugar de posponer esa satisfacción para obtener un beneficio mayor en el futuro. Si bien obtener una recompensa inmediata genera una sensación de bienestar en el momento, este hábito también puede acarrear efectos negativos con el paso del tiempo, razón por la cual los psicólogos destacan la importancia de encontrar un equilibrio entre disfrutar de recompensas a corto plazo y desarrollar la capacidad de planificar y esforzarse por objetivos cuyos beneficios llegan más adelante.
Para entender mejor el concepto de gratificación instantánea, es interesante conocer el experimento del malvavisco, dirigido por Walter Mischel. Realizado en la Universidad de Stanford durante la década de 1960, el estudio consistía en ofrecer a niños de entre cuatro y seis años una golosina. Podían comerla en ese mismo momento o esperar unos minutos para recibir una segunda, obteniendo así una recompensa mayor.
La investigación no sólo analizó la capacidad de los participantes para retrasar la gratificación, sino que también hizo un seguimiento de su evolución durante años. Los resultados mostraron que quienes fueron capaces de esperar tendían a desarrollar un mayor autocontrol y una mejor regulación emocional. Con el tiempo, estas habilidades se asociaron con un mejor rendimiento académico, una mayor estabilidad emocional y relaciones sociales más sólidas. Además, presentaban un menor riesgo de desarrollar adicciones y, en términos generales, obtenían mejores resultados tanto en el ámbito personal como en el profesional.
Desde el punto de vista de la neurociencia, el autocontrol emocional está estrechamente vinculado al sistema de recompensa del cerebro, en el que la dopamina desempeña un papel fundamental. Cada vez que obtenemos una recompensa inmediata, el cerebro experimenta una sensación de bienestar que refuerza ese comportamiento y aumenta la tendencia a buscar nuevas gratificaciones a corto plazo. Cuando este mecanismo se activa repetidamente, puede dificultar el control de los impulsos y favorecer conductas como la procrastinación o la búsqueda constante de satisfacción.