Volviendo a una tradición

Volviendo a una tradición
  • Carlos García-Mateo

Que la izquierda sea, otra vez, la que interponga entre los españoles y España todos los escollos y premuras ideológicas imaginables no debería sorprender. Atiende a una tradición muy suya, en cierto modo desmentida por los gobiernos de Felipe González. La misión de este no fue exactamente darle la razón a la vieja (y quizás apócrifa) frase del canciller Bismarck, aquello de los hispanos trabajando sin denuedo y largamente por la destrucción de su patria. Que demostraría ser, con la resistencia a morir a manos de sus hijos, la nación más fuerte del mundo. Los socialistas fueron, en consonancia con los intereses de la Europa liberal, el partido ideal en el momento justo. El hecho, un poco misterioso, es que consiguieran recoger los frutos del antifranquismo habiendo estado ausentes durante toda la dictadura del general. Volviendo al cainismo, se podrá decir, en cualquier caso, que España es un enigma aún indescifrado y que tal cosa permite diversas definiciones, contradictorias. Un país esquizofrénico entre afectos y desafectos. Y ahí, por la inconmensurable afición de los íberos a las cuitas y desgarros políticos (también Bartrina y Ortega advirtieron tales males), el diseño de la Transición, afianzado por González tras el trabajo sucio de Suárez, resultó muy oportuno.

Pero, querido lector, como no hay régimen español que cincuenta años dure, aquel ambiente ha caducado. Merced a las últimas aventuras del inquilino actual de Moncloa, quien primero se adueñó del partido del puño y la rosa, y después metió en el poder a los antagonistas de siempre, renovados: comunistas y nacionalistas de duro pelaje. Una obra política que no ha hecho más que comenzar. La coyuntura cultural, creo importante decirlo, les es favorable, amén de un nivel de exigencia intelectual que nos remite, en lineas generales, a una imaginación orwelliana.  Un país de distraídos gobernados por un comité de perversos astutos. Fervorosamente fatuos, por cierto. Pero conocedores de las máximas maquiavélicas para conservar el poder. Parecen alumnos aventajados de Mitterrand, al que cito por su práctica cerrada de la política por la política, la ambición que alimenta a la ambición. Aunque habrían superado a aquel Mito Errante galo con el uso indisimulado, pornográfico, de la mentira. Con la inestimable promoción del periodismo televisivo, genuflexo a la homilía oficial del izquierdismo. ¡Si hasta Matías Prats se ha apuntado a la demagogia del neofeminismo!

En términos de actualidad, la deriva española es ya tema internacional: si fuimos afrancesados (González), después atlantistas (Aznar) y más tarde galleguistas (Rajoy), ahora estamos en la seducción venezolana. Ahí tenemos a nuestro atareado Zapatero, agente del totalitarismo tropical. En estas cuestiones, como en otras de orden interno (señalar y estigmatizar al oponente para disfrazarlo de enemigo), la izquierda hispana retoma hoy una tradición. La camaradería con los archiespañoles hostiles a España, nacionalismos periféricos y atolondrados comunistas. El mayor temor es que parece agotado el tiempo de las modulaciones, imprescindibles para el (buen) funcionamiento de la cívica democracia.

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