Vergüenza nacional

Si ETA hubiese abjurado de su pasado, arrepentido de sus atroces crímenes y hubiese tenido intención de reparar en algo el dolor causado, ningún etarra osaría protagonizar una conferencia en la universidad pública del País Vasco sobre derechos humanos; si el gobierno del Partido Nacionalista Vasco hubiese renegado de su pasada equidistancia como recolectores de nueces, nadie que tuviese las manos manchadas de sangre se atrevería a dar clases de moral; si el gobierno de la nación no fuese a depender de aquellos que se conjuraron para quebrar nuestra convivencia, el Estado actuaria de oficio para proteger a la victimas del terrorismo. Desgraciadamente, nada de lo anterior sucede y, por eso, José Ramón López de Abetxuko puede pisotear, desde una tribuna pública y con todos los honores, la memoria de aquellos a los debemos nuestra libertad.

El derecho fundamental a la libertad de expresión no es un derecho absoluto, está acotado para evitar la vulneración de otros derechos. Es fácil imaginar el dolor de una hija obligada a escuchar, tras casi 40 años, la insoportable verborrea  de aquel que asesinó a sangre fría a su padre en presencia de dos de sus hermanas frente a su colegio. Una de ellas, Inés, describió entonces “la cara de rabia” de aquel hombre. Han pasado casi cuatro décadas de aquella terrible mañana que lo cambió todo y Ana, otra de las hijas, se lamenta de “que se esté legitimando a los terroristas”, de que se les esté dando un camino “para que sigan estando y enorgulleciéndose de todo el mal que han hecho».

No hace tanto tiempo que las victimas del terrorismo enterraban a sus familiares clandestinamente, que lloraban su muerte en silencio, el silencio que, sin embargo, no se exigía a sus asesinos. Como reconocía Olvido Valle, viuda de Antonio Pastor Martín, “no podías decir que eras viuda de un guardia civil, porque el guardia civil se lo merecía”. Para los partidarios del ´borrón y cuenta nueva´, las víctimas son un incordio por negarse a claudicar de una responsabilidad que les fue impuesta contra su voluntad, por seguir luchando para evitar que la voz y la dignidad de los suyos muera ahogada por los gritos de sus verdugos, para evitar que se falsee la Historia y se ponga en riesgo el futuro. Algo estamos haciendo rematadamente mal en España cuando pasan estas cosas.

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