Trump pide que volvamos a ser nosotros

Trump España, Paula Ciordia
Paula Ciordia

«Queremos apoyar a nuestros aliados en mantener la libertad y la seguridad de Europa, mientras se restaura la confianza en su civilización y en la identidad occidental», versa una de las voluntades de Donald Trump sobre España y el resto de naciones del continente respecto de Estados Unidos.

El mandatario con más poderío del planeta reconoce que tiene sus raíces en nuestro continente, pero que siente preocupación por su deriva. ¿Y España, señor Trump? «Spain is not yet different! (¡España ya no es diferente!)», le diría con lástima Manuel Fraga si hoy estuviera al frente del Ministerio de Turismo. «Spain is not different from Africa! (¡España no es diferente a África!)», le reconocería, como reprochaban algunos extranjeros al diplomático Juan Valera en 1868, sobre que el continente vecino empezaba en los Pirineos.

Los peores augurios de los novelistas distópicos europeosJean Raspail, George Orwell, Oriana Fallaci, Michel Houellebecq– están cada vez más cerca de hacerse realidad. El filo de agua que separa Europa y América, que decía la brillante periodista toscana desde las orillas del Hudson mirando a Italia, es cada vez más distante. Mientras Trump pide a España, a Francia, a Alemania, que volvamos a ser nosotros.

En este sentido, no se trata de convertirnos en el Disney World español para que nos visiten con dólares. No se trata de ser Paco Martínez Soria en Occidente. Ni industrializar el tópico de toros, sangría y flamenco como ocio chusco de pasatiempo en abril, Semana Santa y verano. No.

Se trata de ser nosotros. Auténticos. Se trata de «restaurar y revivir» -siguiendo el discurso de Trump para su país– «la salud espiritual y cultural». Porque, como advierte a su pueblo, «sin esto la seguridad a largo plazo es imposible».

«Quiero que América aprecie su pasado glorioso y sus héroes y espere con ansias una nueva era dorada», dice el neoyorkino. ¿Se imaginan que el próximo presidente de España se dirigiera a nosotros y al mundo en esos términos? ¿Que lo hiciera sin lastre, sin remilgos?

Algunos de nuestros pensadores, José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala, Enrique Tierno Galván, lo avisaron. Sin toros, no se entendería España. Ni creo que se entendería la civilización hispánica. Esa que habita, por cierto, en todas las avenidas de los Estados Unidos. Precisamente por ello, América ya no nos necesita, pero precisamente por ello tenemos que recuperar nuestra identidad para que se sientan orgullosos de los orígenes que compartimos.

Un punto que llega hasta el mismo corazón de nuestra orografía. La dehesa. Porque no es una cuestión de toreros, sino de algo primigenio que le antecede. El toro. En toda la extensión de lo que fue la cuna de Roma y Grecia, y que sólo en España sobrevive.

Sin embargo, nuestra riqueza zoológica languidece. Al compás que lo hace nuestra bravura. No sé si como causa-efecto o como venganza. Pero está sucediendo a la par. Amarnos significa también amar nuestros mitos y mantenerlos vivos. ¿Cómo puede ser que estemos dejando morir a una especie sacrificando la variedad de sus encastes? Con ello muere no sólo la historia biológica de algo muy nuestro, sino que desaparece el eslabón que nos conecta con sus criadores.

El día de mañana, cuando volvamos a la luna, ojalá un dedo nos señale diciendo: «¡Miren, ahí habitan las gentes más bravas que crían lunas en el monte y soles en la tierra!». «Ahí se conservan especies antiquísimas. Ahí crían porque sí, porque les da la gana, porque son así los españoles, toros tartesos de ojos verdes», que soñara el poeta sevillano Fernando Villalón.

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