Un tal López, esencia eximia del sanchismo
Se mire por donde se quiera, la figura de Francisco López (Patxi para los amigos de la margen izquierda de la ría bilbaína), es tan atrabiliaria como sus intentos por convertirse en ingeniero industrial, incluso, que los demás creyeran que tenía semejante título académico.
López no era, inicialmente, ni mucho menos persona que admirara, ni siquiera respetara, a Pedro Sánchez. Entonces le parecía un «cantamañanas» madrileño con ínfulas, hasta que alcanzó el poder. A partir de ahí, el aguerrido vizcaíno encontró en el yerno de Sabiniano, el de las saunas gays, la referencia histórica que necesitaba para llenar de incienso y olores su pecera.
A estas alturas de la película personal de aquel lendakari que lo fue gracias al Partido Popular, ya podemos tener un retrato muy aproximado acerca del alma de semejante sujeto político. Ágrafo, inculto, sin más inputs profesionales que una vida dedicada a la mamandurria política. Hace gala con frecuencia de un matonismo político, que creíamos desterrado por estos lares. Un chulo sin causa, dicen unos; afán por agradar al jefe supremo, dicen otros. Quizá, lo más grave: confunde los roles, no tiene conciencia de que no es un empleado de Sánchez, no. Lo es del conjunto de los contribuyentes españoles. Le pagan un pastón (ganar, ganar, es otra cosa) por faltar, no sólo a la verdad, sino muy principalmente a la mera educación y el saber estar. Porque no se puede ser buen político, ni nada, sin ser antes buena persona.
Conozco compañeros suyos del PSOE, especialmente del País Vasco, que hablan y no paran acerca del hijo del Lalo, sus malas artes y sus tablilleos innecesarios para transitar con decencia por la vida política. Aquel Partido Popular que le llevó hasta la sede del gobierno autónomo vasco tuvo el ojo averiado cuando decidió entronizarle en aquel laberinto vasco. Un traidorzuelo de siete suelas, sin talla alguna, salvo para hacer del ejercicio político un magnífico y personal negocio.
Visto su comportamiento en sede parlamentaria (parece ignorar que el Congreso no es tuyo) contra un joven periodista, por muy impertinente que sea, no tiene un pase en ninguna instancia democrática del mundo. Por la pasta que se lleva, esas y otras impertinencias, están dentro del inmenso sueldo que se le atribuye; ahora que tiene el pesebre lleno, debería viajar por el mundo libre para ver cómo se vehiculan estas relaciones entre dirigentes políticos y profesionales de la información.
Cansa bastante tener, a estas alturas de la democracia española, que describir a personajes de esta calaña, y mucho más, tener que rascarse el bolsillo para que abreven mensualmente opíparamente.
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