Si mi delito es amar

Ábalos juicio
  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Para él, Aldama es el guionista de una ficción que no leyó porque estaba muy atareado amando. Ábalos es el primer mártir que delega el pecado como quien delega el correo: él puso la lírica y los demás pusieron el efectivo en las bolsas de Zara.

Si su delito es amar, José Luis Ábalos debería salir de la cárcel bajo una lluvia de pétalos de rosa. No por las mascarillas, ni por los 94.800 euros en efectivo que agita ante los jueces como si fueran las monedas que te caen del bolsillo al subir al taxi, sino por ese personaje construido a punta de langostas, bachatas y viajes en góndola, o por el bolero que nos ha interpretado con el alma rota y el corazón en números rojos.

Ábalos no se defiende, se confiesa «carne de meme» y de «ghosting» en un karaoke judicial. Nos cuenta la épica de las mascarillas como si fuera el general Patton en el desembarco de Normandía, donde España no tuvo problemas de abastecimiento porque él decidió pedir el doble al tiempo que delegaba, como si la improvisación fuera una virtud teologal y no la coartada perfecta para que los amigos hicieran el agosto en pleno marzo de muertos y desesperación.

Porque Ábalos no se exculpa: se interpreta. Ha vuelto a su gran papel de hombre sin secretaria, el Robinson Crusoe de la política que naufraga en un mar de expedientes y soledad inmerecida y sobrevenida. Dice que él estaba allí, velando el sueño de Jésica, a la que amaba, y el de los españoles, mientras otros se encargaban de elegir a la empresa amiga y tramitar los contratos bajo cuerda.

El ex ministro que un día estuvo «estupefacto». Estupefacto entonces, enamorado ahora, siempre sorprendido de sí mismo, nos explica que su relación con su asesor es una simbiosis mística. Koldo era su sombra las 24 horas, su escudero, el hombre que le adelantaba los gastos como quien le presta un clínex al amigo llorica en un funeral. Un Romeo perplejo de bar de carretera que no pasa la tarjeta, pero que nos vende una lealtad inquebrantable.

Con Jésica, jardín sentimental donde el presupuesto público florece como una primavera, admite la relación extramatrimonial, su dama, la Dulcinea coaccionada por felones que la obligan a confesar que cobraba de empresas públicas sin ir a trabajar. Él, caballero andante, sólo le dijo a Koldo que la buscara trabajo. Con Claudia lo mismo, y mucho altruismo.

Ábalos vive en la ensoñación del palacio de su cabeza, en un mundo donde los chalets en La Alcaidesa son «alquileres reales» donde la UCO no tiene olfato policial, sino alucinaciones olfativas y ve fantasmas inmobiliarios donde solo había pasión. Leal a Koldo, leal a Jésica, leal a Claudia, leal a cualquiera menos a la aritmética. Yo sólo quise ayudar, yo sólo amé demasiado…

Ábalos sale del Supremo afirmando que su único exceso ha sido el sentimiento. El problema es que lo que se juzga no es el corazón, sino el cohecho.

Lo último en Opinión

Últimas noticias