Política Permanente Revisable

Política Permanente Revisable
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Me preocupa España. Esta España al menos. La que, a falta de Gobierno que gobierne, es gobernada por los espasmos que el populismo social produce, provocando trincheras de indignación a cada minuto, víctima de su necesitado y particular vínculo con los estados de ánimo. Me preocupa esta España movilizada por manadas que responden al grito de una tuitera superstar.

Manadas que callan en su cobardía si el que empotra tiene raíz musulmana o la mujer violada y apaleada es pareja de guardia civil. Ahí no hay nada que contar, ni nada por lo que protestar. Algún día nos daremos cuenta que a estos influencers de sofá solo les mueve la ideología. Y a los partidos que alimentan su causa, tu voto.

Me preocupa esta España educada en el insulto y el menosprecio al discrepante, que nacionaliza conciencias en regiones que un día fueron abiertas y tolerantes. Me preocupa esta España donde el desacuerdo se muestra rodeando las casas de políticos y jueces, donde se quiere legislar a golpe de tuit, donde las normas no se respetan, donde actuamos según el impulso desatado por el hashtag del momento. No somos mejores que esas imágenes en televisión con las masas asaltando parlamentos y embajadas por Nairobi o Taiwan. Esta tendencia tercermundista es el fin de la propia democracia. De hecho, ya la estamos sufriendo.

Porque vivimos en la democracia de sillón, alrededor de una tablet o smartphone. Desde estas plataformas conectoras, mostramos nuestra cercanía con la sociedad con un “me gusta” que solo ejemplifica la extraña soledad que parasita nuestra existencia. Por eso me preocupa esta España de BOE y trending topic, fomentada por justicieros sociales que buscan el like a falta de voto, demostrando que su importancia en el ágora digital es inversamente proporcional a su relevancia política e intelectual.

Me preocupa esta España donde un ministro de Justicia pide la retirada y oprobio de un juez, víctima de la demagogia social construida en base a derechos y no obligaciones. Porque gobernar requiere de más pausa y razonamiento que impulso. Más valores que ideología. Y no se puede legislar ni opinar en función de las convocatorias callejeras, por muy fundamentadas y lógicas que sean, como puede ser el caso de la Manada o el de Prisión Permanente Revisable.

Si hay que revisar algo, empecemos por la política que estamos construyendo entre todos. La calidad de quienes nos gobiernan solo está a la altura del deficiente sistema educativo que desde hace cuarenta años nos hemos dotado. Un sistema diseñado para amamantar vientres agradecidos y no conciencias críticas. Ahora se lleva, dicen, la enseñanza de diversión, un concepto con el que los gurús del humo atrofian la memoria de quienes en el futuro podrían llevar las riendas de este país. Dejemos de aplaudir la enseñanza que olvida pensar. Abjuremos de un sistema que premia el suspenso porque así lo dicta la pedagogía. Porque estaremos edificando sobre cimientos pobres la futura muerte de una nación libre.

Nuccio Ordine, un pensador que hay que leer como remedio a esta era de aceleración de la que habla Concheiro en su libro Contra el tiempo, nos habla de educar a los niños respetando el sagrado camino de buscar su verdad. Ahora todos, incluidos los niños, queremos que se respete la nuestra, priorizando nuestro derecho a sentirnos ofendidos. Buscamos cualquier excusa para la ofensa. En otros países se les enseña -a los niños- la Constitución y el Código Penal. Aquí bastante tienen con aprobar sintaxis. Steiner lo bordó cuando dijo: “una educación de mala calidad es, literalmente, un asesinato”.

Reformar la educación empieza por reformar la política. La actual, de eslogan y titular, es demasiado permanente para que no sea ya revisable.

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