Política (y periodismo) fake

Política (y periodismo) fake

La política —también el periodismo de hoy—, es un compendio de mentiras estéticas. El mundo posmoderno se ha convertido en una tontería snob de quienes escriben siempre a rebufo de lo que ya se ha dicho. Lo políticamente correcto ya no es el nuevo fascismo contemporáneo, como defiende Azúa, sino la peste moderna, cuyo olor acaba por sepultar cualquier discusión racional del tapete de la palabra. La última ventana de libertad se ha cerrado en ese hediondo rincón de la impostura llamado Twitter, donde la izquierda troll-era campa a sus anchas, bajo anónimas caretas o conocidas máscaras, aferrada a su habitual demagogia canalla.

La izquierda mediática es aún peor. Alecciona en moral y triunfa en descrédito, alimentando la mentira con conceptos fake como “periodismo”, “más periodismo”, “sólo periodismo”, eufemismos de información sectaria, sesgada, precocinada y manipulada. Periodismo que pide la dimisión de Cifuentes por mentir, que critica que en su tribunal hubiera amigos que la evaluaron, pero calla ante similar ignominia cometida por Errejón. Periodistas que te hacen especiales sobre la corrupción del PP durante meses, pero apenas si cubren la comparecencia de Chaves, que fue caudillo durante cuatro lustros de la región más corrupta de España: Andalucía. Periodistas que equiparan al violento nacionalismo catalán alertando sobre los peligros de un resurgimiento del nacionalismo español. Equilibran un golpe de Estado con la defensa de valores, leyes y raíces comunes.

Ese periodismo de grito y subvención, de intereses familiares y particulares, de amigos de quita y pon, de información sin ton ni son, es creador de la política fake más perniciosa de la que luego se hablará en el bar, con la que inducen a la gente a pensar que lo que importa es aquello de lo que ellos informan. Repito: cuando apenas se habla de los casos de corrupción de Andalucía, pero se abre y cierra con la exhumación del Valle de los Caídos, eso no es periodismo, eso es inmundicia informativa. En respuesta orteguiana antitética, las fake news son esto, son esto. Pero se entiende. Las noticias falsas, manipuladas o sesgadas se difunden un 70% más que las verdaderas, según un estudio de la revista Science. Preferimos informaciones que refuerzan nuestros juicios preexistentes. Consumimos información que nos da la razón, aunque esta información carezca de ella. Sólo uno de cada diez españoles es capaz de distinguir en realidad una fake new de otra que no lo sea. Y son esos mismos medios los que ayudan a ese prototipo de política fake que es el nacionalismo catalán. Conceptos como democracia y libertad en sus manos son la quintaesencia de la mentira. Los nacionalistas de Tractoria se inventaron que la ONU les apoyaba. Se inventaron que Europa les defiende.

Se inventaron que en España no hay libertades. Y seguirán inventando mientras tengamos dos canales de televisión a quienes les importa más la audiencia que la verdad. En su odio a España, les ofrece un brasero como altavoz donde calentar su bilis. Olvidan que el nacionalismo. como todo -ismo, es violencia. Lo es por exclusión y definición, en presencia y ausencia. En el todo y hasta en sus partes. Y edulcorar sus efectos o causas es entrar en esa política falsaria que busca equilibrar culpas antes que condenar delitos. No debemos olvidar que la política se hace fake en el momento en que hay ciudadanos dispuestos a consumirla. Y los medios de comunicación, que contribuyen esencialmente al control de aquella, generan más información fake que la propia política. Existen fake news porque existen periodistas fake. Periodistas que solo informan en una dirección porque les da vértigo moral descubrir qué hay al otro lado de la ventana de ese código de honor llamado profesionalidad.

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