De la ‘Ley Campoamor’ a la era digital y Pedro Sánchez

De la ‘Ley Campoamor’ a la era digital y Pedro Sánchez
  • Jorge Fernández Díaz

Progresamos en la vuelta a la normalidad, ¿pero lo hacemos adecuadamente? Pretender establecer mediante Decreto Ley que lo anormal pasa a ser normal,  es simplemente absurdo desde el razonamiento común, y totalitario desde la «lógica» política. Porque lo que no es normal, es sencillamente anormal. Aunque un desconocido poder en la sombra envíe consignas de dimensiones planetarias acerca de un sintagma imposible y contradictorio sobre una «nueva normalidad», normalidad no hay más que una, como en Fuenteovejuna.

Acaso algún lector pueda pensar que esta discusión es como la que mantuvieron los teólogos sobre el «sexo de los ángeles», que pasó a la historia como ejemplo de debate absurdo pues, mientras en la antigua Bizancio tenía lugar esa disputa, la capital caía en manos del imperio otomano y se desmoronaba el otrora Imperio Bizantino. Tengo así  el deber  de explicar —siquiera sucintamente—, las razones que me inducen a enfatizar la importancia de esta aparente nimia cuestión.

La revolución digital en la que vivimos nos ha sumergido en la sociedad de la información y de las comunicaciones y, por ello, pertenecemos a una generación privilegiada. Nunca hasta ahora la humanidad había estado tan intercomunicada con tanta instantaneidad. Lo que antes exigía un paciente estudio de investigación y consulta en enciclopedias y archivos, hoy se resuelve con un servidor que nos permite acceder a un banco de datos cual inmensa biblioteca, en un instante.

Las redes sociales transmiten,  informan y comunican simultánea e instantáneamente billones de datos, comentarios y opiniones acerca de cualquier tipo de cuestión. Todo ello nos proporciona una libertad inmensa, en la medida en que tenemos disponible un conocimiento que antes era difícilmente accesible a todos.

Pero en esa mayor libertad, está también nuestra enorme fragilidad. Sin duda que estamos en la sociedad de la información, pero no del conocimiento. Somos más vulnerables que nunca  a la manipulación, y las fake news son un icono de esta nueva realidad. La extrema rapidez a la que viaja la información, imposibilita que podamos dedicar tiempo a su reflexión y contraste, labores necesarias para la adecuada transformación de la información en conocimiento. Así, nos convertimos en presa fácil de quienes no dudan en intoxicar la información, conscientes de que la democracia es ante todo un régimen político de opinión pública.

Y aquí entra en juego el dominio de los signos en general (elementos que vinculan una imagen o significante a un concepto o significado) y del lenguaje en particular, para conseguir ese fin de control y dominio social. Ferdinand de Saussure, fue el científico que inició el estudio de la relación entre la lingüística y los signos al servicio de la comunicación, dando origen a la semiología.

Es particularmente necesario conocer la semiótica del lenguaje para navegar con destreza en las procelosas aguas de la publicidad  y el marketing… ahora al servicio de la política. Quien domina el lenguaje domina el debate, y la izquierda se ha especializado en esa disciplina. Los ejemplos son innumerables, como lo que manifiesta el sufijo «fobo», que define una idea repulsiva, de rechazo, que coloca ya al interlocutor en una situación de inferioridad de partida.

«Homófobo», «demófobo», «rusófobo»… la lista es interminable. Si a esta realidad le añadimos la negación de la verdad objetiva, como defienden los promotores de la sociedad de la postverdad, llegamos a la dictadura del relativismo, donde todo es relativo salvo su dogma fundacional, absoluto en sí mismo.

Y así se produce la situación que vivimos aquí y ahora, a nivel nacional y global. La «Ley Campoamor» lo expresó rotundamente: «En este mundo traidor, nada es verdad  ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira». La diferencia es que a la época del poeta no había llegado ni la revolución digital, ni la postverdad, y todavía era generalmente aceptada la definición de verdad de Tomás de Aquino como «adecuación entre el entendimiento y la cosa».

Descartes, Kant y otros filósofos cuestionarían después el aserto del Aquinate, pero Pedro Sánchez ha llevado la Ley Campoamor a su zénit. Con él, la palabra ha dejado de tener valor: ni concepto, ni idea, ni compromiso. Y así, en este mundo traidor, es imposible entenderse.

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