España una

España una
  • Carlos García-Mateo

Estamos en tiempos de realismo mágico. Me recuerda la anécdota, hecha ya costumbre popular, del pobre muerto en su caja y los vivos rompiendo en aplausos. ¿Qué país puede llegar a eso sin un camino de retorcimientos estéticos? España, sin duda. Abusando del Herodoto, se precisa echar la mirada atrás y así recorrer páramos hasta el ataúd en loor de palmeros. Yo observo un preciso desenlace: Sánchez subiendo a la tribuna, traje slim fit, aires de neotrilero, rampante amoral, mientras sus amistades políticas le ovacionaban. Hasta se permitió, tras el responso, un abrazo hediondo, un chocar adolescente de mano con quien más feliz estaba, el señorito Iglesias, nuestro Godoy de larga cola y sollozo republicano.

Suyo es el gobierno, flamante nacional-populismo. En fin, tomemos la senda reciente -aún fresca- de la Patria en pos de una oración, del réquiem con que los medios titulaban la función parlamentaria. La cosa es ordinaria, a izquierda y a derecha, en las calles como en los despachos. ¿Y qué vemos, en general? Por ejemplo, las evidencias de un fracaso formativo, o si prefieren el triunfo de la zafiedad.

España, gracias a los españoles, es un país feo, una organización adaptada a la ignorancia. Y en tal detritus, en las condiciones actuales de engordamiento intelectual del mismo, se exhibe con espléndidas hechuras. Cuando hablamos de clase media, hombre, deberíamos cuando menos echar una lágrima salada, suspender todo alborozo ante el muerto. El hilo de acontecimientos que ha parido esta España tiene que ver con la ineducación, también con la tradicional pereza. Podemos anotar un nuevo siglo sospechando que los noventayochistas siguen teniendo razón. De igual modo, en el teatro barroco hallaremos hondas usanzas. Y advertiremos, posmodernidad, el acervo de un orgulloso pueblo de cabreros. Ahora con aire bolivariano, si me permiten una leve sorna. Mi sugerencia, ya todo el pescado vendido, guarda relación con el escapismo. Refúgiense en líquidos y amoríos, liben las tiernas flores, quemen aquello susceptible de recordarles la vida que pudo ser.

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