El ejemplo de Teresa Freixes
El golpe de Estado separatista conducido primero por Puigdemont y Junqueras, y gestionado en la actualidad por un sanchismo irresponsable, ha tenido un elemento positivo: un buen número de ciudadanos dieron un paso al frente. Y lo hicieron para tratar de evitar que un grupo de partidos fanatizados convirtieran a Cataluña en una tierra carente de libertades y en el que los derechos democráticos fueran sustituidos por una especie de democracia orgánica basada en los rasgos identitarios de un pueblo catalán inventado a medida de dichos políticos para mantener intacto su chiringuito.
Antes de que el ‘procés’ comenzara, Teresa Freixes estaba en sus cosas. Y sus cosas eran defender y propagar el constitucionalismo democrático desde la Academia, desde el rigor científico, para garantizar que el máximo de países tuviera un sistema que asegurara las libertades de sus ciudadanos. Pero fuera de España, porque parecía que en nuestro país estos derechos estaban garantizados. Hasta que un día, entre viaje y viaje por el extranjero, decidió que no era así. En Cataluña, su tierra, dichos políticos irresponsables estaban dispuestos a convertir en ciudadanos de segunda a aquellos que no apoyaran la asonada secesionista. Y se plantó por pura coherencia: tenía que ayudar a consolidar en su país lo que ella estaba intentando extender por medio planeta: el respeto al constitucionalismo democrático, a un sistema de libertades decidido por todos los ciudadanos y que estaba en peligro por las bandas de tribalistas que solo creían en sus respectivos clanes. En Cataluña, por las banderías de ERC, Junts y la CUP.
Y cuando Freixes se planta, se planta. Y no le importó que, de repente, a una científica social como ella, con un prestigio incuestionable y acostumbrada a tratar con juristas de primer nivel, la tildaran de «botifler» y «colona», y la insultaran en redes sociales y en medios de comunicación a sueldo. Pero cuando se tiene una trayectoria profesional como la suya, lo que digan unos cuantos hiperventilados a sueldo de los partidos del «tres per cent» no tiene ningún recorrido. Y lleva años liderando un buen número de iniciativas ciudadanas para evitar que los derechos civiles de millones de personas sean pisoteados. Podría estar tranquilamente disfrutando de su prestigio académico sin mancharse las manos, pero ha decidido que las libertades hay que defenderlas de aquellos fanáticos que buscan arrebatárnoslas. Y se ha empleado a fondo para hacer frente a los que buscan acabar con nuestro sistema constitucional.
Nos queda mucho trabajo por delante para reconstruir las heridas que el separatismo ha infligido en la sociedad catalana. Y no solo en Cataluña, porque la actual deriva del sanchismo ha trasladado todos los males del ‘procés’ a toda España. Y Teresa Freixes estará allí para formar parte de la solución. Otros, como Pedro Sánchez, Salvador Illa y su cohorte de aliados fanáticos, se empeñan en agravar el problema. Menos mal que cada vez hay más gente que se moja para conseguir que esta pesadilla que estamos viviendo sea solo una nota a pie de página en la larga y fecunda historia de nuestro país.
Insisto: no será nada fácil, porque el actual régimen está dando sus últimos estertores y aún puede causar mucho daño. Pero todos los que luchamos por la libertad somos muchos más. Porque esto no va de «izquierdas» o «derechas»; va de respeto a un sistema político que ha traído a España seguridad jurídica, tolerancia, paz y bienestar. Y conseguiremos defenderlo frente a los que siembran el rencor para mantenerse en el poder a cualquier precio.