Desgraciada España

Desgraciada España

En algún lugar, no se si en sus Memorias o quizá en alguna biografía, leí una sentencia de Cambó que viene como de perillas para la brutal situación actual de nuestro país: “España se intenta suicidar al menos una vez por siglo”. Bien, escuchando la larga y estólida perorata en el Congreso del candidato Pedro Sánchez, pensé en cuantísima razón tenía aquel político catalán de los años treinta del Siglo XX que, junto con el castellano Santiago Alba, pudo salvar la Monarquía de Alfonso XIII pero renunciaron a hacerlo.

Nunca, que se recuerde -y ¡mira que hemos asistido a sesiones de investidura!– puede recordarse un discurso tan hueco pero a la vez tan ufano, tan poseído de sí mismo, como el de esta pesadilla nacional que atiende por Pedro Sánchez. Sus rancias -ya lo son- apelaciones al ultrafeminismo como si éste fuera un movimiento político a la altura del marxismo de donde, por cierto, procede Sánchez, sonaban a mitin de facultad antigua, sus exordios apocalípticos sobre el cambio climático resultaban tan falsos como los de aquel tramposo Al Gore que predicaba la abstinencia eléctrica mientras tenía una mansión permanentemente encendida. Todo falso con tal de no ceñirse, de no entrar en las grandes cuestiones que hoy duelen a España y que son fundamentalmente dos: el acoso y derribo que están ensayando las fuerzas independentistas (también el socio del Sánchez, el PNV) y en concordancia con éstos, la acometida d la ultraizquierdista caribeña y soviética con la que Sánchez pretende gobernar en los próximos cuatro años.

Estos tres meses que llevamos sin gobierno formalmente constituido han sido, en sí mismos, una patraña descomunal. Oyendo el penoso programa de Sánchez ¿cómo podría pensarse que partidos serios como el PP o Ciudadanos podrían darle su confianza? Una vez más ayer se demostró que esta calamidad egocéntrica y fatua lo tenía todo decidido desde el minuto siguiente a conocer los resultados electorales del pasado abril. Sus requiebros mimosos y artificiales a Pablo Casado y Rivera ha sido turbias martingalas para que los medios afectos, grandes en cantidad y calidad, pudieran adquirir esta especie envenenada: a saber, que Sánchez quería hacer cuadrilla con el PP y Ciudadanos. Mentira. El discurso citado, que enojó sobremanera a los dos líderes de centro derecha español, fue sencillamente la continuación del gran ardid tejido en la Moncloa por ese Rasputín de regional que se llama Redondo.

Desde el principio todo estaba atado y bien atado, pero Sánchez no contaba con la voracidad a la desesperada de Sánchez y que sus corifeos de la ultraizquierda. Estos, débiles como nunca, se aferran ahora a su presencia nada testimonial en el Gobierno para asegurar que todavía siguen vivos. No se están conformando con los premios de consolación, con ministerios “marías”; no ellos vienen a por todas: a darse una batida por la moqueta, a repartir diezmos y primicias con el Presupuesto Nacional, y a lograr aferrarse a su último salvador político: el poder, el poder en directo y con euros a cargo de todos los españoles.

La España que se ha fotografiado ya sin ambages es una desgraciada sociedad que, como decía Cambó hace tantísimo tiempo, ha decidido suicidarse con la ayuda inestimable de los barreneros que le han prestado la pólvora y los cuchilleros que le han ofrecido sus blancas armas. Salga lo que salga de esta investidura desagraciada, lo que perdurará es el riesgo cierto de que este país se vaya definitivamente al garete gracias a un petulante necio, de unos rebeldes separatista a los que, ya lo verán, se les pondrá en la calle dicte lo que dicte el Tribunal Supremo, y a unos supercomunistas que harían palidecer el rojo intenso de los programas de Lenin y Stalin. Los besos y abrazos que Sánchez ha tendido desde el Parlamento a Podemos y a su tribu desgarrada han sido de una obscenidad política incomensurable.

Han retratado la realidad de una desgraciada España en la que están a punto de hacerse con ella unos auténticos indeseables políticos, gracias también –y esto habrá que insistir mientras vivamos– a la irresponsable actitud del centro y de la derecha española, desunidos como matrimonios en permanente crisis que le ha dejado vía a libre a esta caterva peligrosísima que está muy bien representada por Sánchez y sus aliados de coyuntura.

Desgraciada España.

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