Cómo afrontar los desafíos de septiembre


La próxima semana algunos se frotarán las manos al saber que las pastillas para la depresión, la ansiedad, el insomnio volverán a ser consumidas a niveles normales. Hay que retomar el ritmo, alcanzar el ritmo, mantener el ritmo, superarse. Este domingo es el último día de agosto. El lunes empezará el nuevo curso. Mañana comenzará septiembre. Hoy termina el verano.
El moreno se derretirá sin remedio a final de mes como la cuenta corriente. Y como Prometeos encadenados sentiremos el pico del águila desafiando nuestro optimismo de mantener la quietud que recuperamos en uno de los atardeceres felices.
Una vez que te haces mayor, entiendes que la vuelta al cole es más severa conforme cumples años. El toro nunca llega a desaparecer. Si logras olvidar la negrura de sus ojos algún amanecer, alégrate. La fiesta tuvo el poder narcótico que se le atribuye.
Y ahora, conforme las dehesas apuran sus ejemplares esta temporada, la ciudad se puebla de astifinos toros decididos a no perdonar ni una. Si aplicáramos la lógica de los toreros, lo que deberíamos hacer es liarnos el capote de paseo en septiembre como ellos hacen en primavera, mantenernos en el sitio, mirar al toro y estar decididos a pegar unos pases que armen lío esta temporada. Un toro tras otro. Cuántos más, mejor.
Mientras la mayoría soñábamos con las vacaciones, los toreros se mentalizaban. En invierno trabajan la responsabilidad de los compromisos, incluso si su agenda está en blanco. Entrenan con el convencimiento de que llegará la ocasión para demostrar que son toreros. Cuantas más veces se le juegan, cuantas más fatigas y más miedo, más motivos tienen para seguir adelante.
A los toreros los compromisos no les arrugan. Y si son prendidos por el frío cuerno del toro, son precisamente las santas obligaciones las que les ayudan a tener una pronta recuperación, a sanar las heridas incluso antes de que sean producidas. No entienden el victimismo.
Su capacidad de asimilación, adaptación y superación es asombrosa. No conciben dormir sin compartir el sueño con los toros de sus pesares, que dan sentido a sus alegrías y satisfacciones. Aunque su cuerpo tirite, su alma sonríe.
De este julio, tengo una imagen grabada en la retina que no se me olvida. Un torero sevillano que había trenzado esa tarde el paseíllo en Pamplona disfrutaba con su gente por la noche como si al día siguiente empezaran sus vacaciones de verano. En su rostro no se podía adivinar que Juan Ortega sabía que se jugaría la vida en Huelva, El Puerto, Marbella, Huesca, San Sebastián, Dax, Gijón, Ciudad Real, Málaga, Bilbao, Cuenca, Almería, Bayona.
Y me dije:
–Si lograra yo eso. Si cada uno de nosotros afrontáramos septiembre como él está afrontando esta noche de julio… Qué apasionante sería la vuelta a los ruedos. Cuánto agradeceríamos a Dios tener momentos de descanso para apreciar lo importante de la vida y lo que no nos puede robar el miedo. ¡Ay…! ¡Lo que nos enseñan los toreros!
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