El circo del Congreso y la clase de Ana Pastor

El circo del Congreso y la clase de Ana Pastor
Ana Pastor.

Hace mucho tiempo que las Cortes Generales perdieron aquel carácter noble que durante tantos años se empeñaron en impregnar los Azaña, los Carandell o los Suárez, para dejar paso a quienes han hecho de la política su modus vivendi o a los que han llegado a ella gracias a las redes sociales, sin haber demostrado nada para ocupar un escaño en la Carrera de San Jerónimo o la Plaza de la Marina Española. Y cuando falla el proceso de selección, falla la democracia.

El hemiciclo, ya sea el del Congreso o el del Senado, se ha convertido en los últimos años –quizá en los últimos cinco o seis- en un espectáculo a medias entre un mal circo que espanta a los más pequeños y un vodevil que adormece a los más mayores. Aplausos constantes para contentar al líder de turno, insultos, reproches, faltas de respeto… sus señorías recuerdan muy a menudo que el Congreso es un reflejo de nuestra sociedad, y no lo pongo en duda, pero deberíamos trabajar para cambiar esta sociedad en lugar de dar motivos para que continúe siendo como es.

La política se puede hacer de muchas maneras, todo depende de la talla del político que la haga. Cuando el ‘garrulismo’ entra por la Puerta de los Leones, la dignidad sale por la puerta trasera de la calle Zorrilla, avergonzada de ver hasta dónde ha llegado nuestra clase política, sólo cuarenta años después de ganarnos un sistema democrático al cual algunos parecen no haberse acostumbrado en las formas.

Se puede conseguir condicionar un gobierno con el diálogo y la simpatía de Carles Campuzano; se puede atacar a la oposición sin romper las relaciones desde el Gobierno con la picaresca de José Manuel García-Margallo; incluso sin estar ideológicamente de acuerdo con él, puedes dar toda la razón a Jon Iñarritu en el Senado cuando con el bisturí, despelleja al ministro de turno (normalmente el de Interior). Sin impresoras bajo el brazo, sin insultos ni faltas de respeto, sin menospreciar el papel de la presidenta como han hecho en las últimas horas Gabriel Rufián y Josep Borrell, se hace la mejor política.

Qué paciencia tiene la presidenta Ana Pastor, con estos activistas de un lado y otro que aprovechan su escaño para aumentar la veneración hacia su persona en la inmediatez, pensando que así algún día las enciclopedias le guardarán un espacio destacado. Igual sí lo harán, pero en un espacio dedicado a los peores años del Congreso. Qué clase de dignidad política da a diario Pastor, desde la tribuna de la Carrera de San Jerónimo, a los que se creen en posesión de la verdad absoluta. Jamás han entendido lo que significa hacer política: dialogar, negociar y llegar a acuerdos. Nunca imponer.

Como si de un reality se tratara –cada vez se parece más y sólo nos faltaría un Canal Congreso 24 horas más picante, que aunque existe no nos ofrece el edredoning entre sus señorías, que lo hay- en la cámara también existen las nominaciones y las expulsiones, nada más lejos que en Gran Hermano, Operación Triunfo o la escuela de mi sobrino-. El problema es que se les expulsa del hemiciclo pero no se les toca el sueldo. Si fuera así, igual mejoraría el respeto a la institución que representan y por extensión a los ciudadanos que les han puesto ahí.

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