Una autoridad no puede amparar a unos delincuentes

Una autoridad no puede amparar a unos delincuentes

En Barcelona, de un tiempo a esta parte, gracias a la acción política de Ada Colau, el surrealismo se ha convertido en costumbrismo. Atención a la siguiente secuencia: el ayuntamiento ha notificado al propietario de un inmueble una sanción si no acomete reformas que permitan a las personas que allí viven de manera ilegal para que estas puedan seguir haciéndolo “en condiciones de salubridad e higiene”. Esto, efectivamente, sólo se puede calificar de una forma: de puro y duro surrealismo.

Limitar esta noticia a la sensación de estupor que genera sería un error. La anécdota hay que enmarcarla dentro de una realidad más preocupante: la decadencia de Barcelona. Poco va quedando ya de aquella ciudad condal que, en 1992, maravilló al mundo en aquellas inolvidables Olimpiadas. De ser un destino atrayente para el talento, el capital y el turismo, está derivando hacia el sendero opuesto: la burda turismofobia, la fuga de inversores y profesionales –desde multinacionales a organismos de prestigio como la Agencia Europea del Medicamento–, a lo cual se añade una caída constante en todos los índices de desarrollo urbano y económico. Y esto es grave por ser Barcelona la segunda ciudad de España y el mascarón de proa de Cataluña, una de nuestras regiones más importantes.

Pero nada de este proceso de decadencia es casual; es, por el contrario, la consecuencia de reiteradas malas políticas. Si al delirio de años del ‘procés’ le añadimos populismo de extrema izquierda, al estilo Colau, el resultado difícilmente puede variar del que contemplamos. Las ideas tienen consecuencias, escribió Richard Weaver; ergo, las malas ideas tienen malas consecuencias. El poder político existe –entre otras cosas– para sancionar el Derecho, que a su vez protege la vida y la propiedad para que las personas puedan construir un futuro mejor. Pero si la máxima autoridad de un municipio se dedica a hacer lo contrario, a conculcar la ley, lo normal es que todas las gentes con seny comiencen a poner pies en polvorosa.

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