Con nosotros o contra nosotros

Con nosotros o contra nosotros
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La imposibilidad de Occidente, expresada en la decadencia del mundo anglosajón, de mantener el llamado orden liberal nacido tras la Segunda Guerra Mundial hace que dos grandes actores como EEUU y Reino Unido, de forma unilateral, o apoyados en la Unión Europea (UE) practiquen una especie de neo-colonialismo en algunas partes del planeta para que sólo los países que hagan seguidismo de las políticas que ellos defienden puedan beneficiarse o seguir contando con su apoyo. En un sentido similar también se manifestó la semana pasada, el ministro de Exteriores ruso, Sergey Lavrov, uno de los grandes maestros del diseño de la política exterior de la actualidad, una especie de Metternich o Talleyrand de nuestro tiempo.

No en pocas ocasiones se ha vilipendiado la Conferencia de París de 1919 que puso en marcha el llamado Tratado de Versalles que allanó el desgraciado camino a la Segunda Guerra Mundial. La Conferencia de París tuvo esa parte gris, pero hubo otra que debe ponerse en valor y que cualquiera que se asome a obras como ‘París, 1919: Seis meses que cambiaron el mundo’ de Margaret MacMillan podrá descubrir. El llamado Consejo de los Cuatro que luego dio forma al Consejo de Seguridad de la Sociedad de Naciones más Japón estuvo reunido durante medio año para configurar el nuevo mapa europeo, uno de los retos más delicados y ambiciosos del último siglo. Los representantes de EEUU, Reino Unido, Francia e Italia se enfadaron, se insultaron, se contaron chistes, se gritaron y hasta gatearon sobre un inmenso mapa de Europa dispuesto en el suelo, pero no regresaron a sus países de procedencia hasta dar por concluido su trabajo.

Lamentablemente esa fórmula ya no funciona en la actualidad. Haber sido protagonista en el diseño del sistema institucional nacido en 1945 no le puede servir a EEUU, Reino Unido o Francia de salvoconducto permanente para hacer o deshacer en la arena internacional. El país galo, por ejemplo, puso la semana pasada en duda los últimos resultados electorales de la República Democrática del Congo en un ejercicio del nuevo colonialismo del siglo XXI, donde las grandes potencias occidentales quieren seguir tutelando la soberanía de otros pueblos. Otro caso flagrante es el de la UE con Serbia, país al que se le obstaculiza su acceso al club europeo porque ni está dispuesta a reconocer a Kosovo (como otros tantos países, España entre ellos), ni está dispuesta a que se le quiera enfrentar con Rusia, un país con el que mantiene vínculos históricos, de carácter cultural, religioso, y étnico. Ni qué decir de Hungría, objeto permanente de crítica desde Bruselas por el habitual discurso políticamente incorrecto de Viktor Orban.

Entrar a forma parte de la UE no implica solamente aceptar unos valores tradicionalmente asociados con el Estado de Derecho, los derechos humanos y libertad, sino que para las cabezas que gobiernan la organización equivale a tener que practicar un seguidismo de las reglas preconcebidas por ellos. Y es en este punto donde no se le puede quitar la razón al pueblo británico cuando aprobó la desconexión del Brexit en las urnas hace más de dos años. El Brexit ha sido siempre analizado en términos de mercadeo, pero nunca desde la perspectiva del déficit democrático que el actual sistema representa. Las autoridades comunitarias siguen debiendo a la ciudadanía europea una verdadera autocrítica sobre qué se hizo mal y se sigue haciendo rematadamente mal para no conseguir atraer los corazones de los británicos y, por supuesto, de miles de europeos. Pero lo fácil es exponer a la ciudadanía británica al dilema del “con nosotros o contra nosotros” y… ya puestos, acusar de todos los pecados mortales a Rusia.

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