Los agricultores gallegos resucitan un maíz morado mucho más sano que otras variedades: solo se cultiva en un concello de Pontevedra y estuvo extinto hasta 1998
Para quienes no lo conocen, el maíz morado es un cultivo que llevaba siglos arraigado en Galicia antes de que estuviera a punto de perderse. Su color, mucho más oscuro que el del maíz amarillo o blanco que se ve en cualquier campo, llamó siempre la atención de quienes lo cultivaban, aunque durante décadas nadie le prestó demasiada atención.
La historia de este curioso cereal está ligada a un solo pueblo, donde un grupo de vecinos decidió no dejar que la variedad desapareciera del todo. Gracias a su noble empeño, las semillas originales sobrevivieron y hoy vuelven a germinar en los mismos campos donde estuvieron a punto de desaparecer.
El millo corvo, el maíz morado gallego que resucitó en Bueu tras estar extinto
La respuesta a esta historia tiene nombre propio: millo corvo, que en gallego significa literalmente «maíz cuervo», por el tono casi negro que adquieren sus granos. Se cultiva en exclusiva en Meiro, una parroquia del municipio de Bueu, en la comarca pontevedresa de O Morrazo.
Ahora vamos con un poco de su historia: los primeros registros de esta variedad datan del siglo XVII, cuando los agricultores la plantaban como una franja protectora alrededor del maíz blanco, ya que su color oscuro ahuyentaba a algunos pájaros y plagas.
Posteriormente, con la llegada de variedades de maíz más productivas, el cultivo del maíz morado fue perdiendo terreno hasta casi desaparecer a lo largo del siglo XX.
Cabe remarcar en esta línea temporal que solo unas pocas familias de Meiro conservaban semillas y sabían cómo cultivarlo y molerlo.
En 1998, la Asociación Cultural de Meiro puso en marcha una recuperación activa de la variedad, recopilando semillas y técnicas tradicionales antes de que se perdieran definitivamente.
¿Por qué el maíz morado de Galicia interesa ahora a los científicos?
Un equipo de la Misión Biológica de Galicia (CSIC) comparó cinco variedades autóctonas gallegas (entre ellas Rebordanes, de grano blanco; Sarreaus, amarilla; y Meiro, la variedad negra que da lugar al millo corvo) y publicó sus conclusiones en la revista ‘Euphytica’.
El estudio en cuestión, firmado por Rodríguez, Soengas, Landa, Ordás y Revilla, confirmó que el color del grano no es casual.
«Cuanto más color tiene el maíz, más compuestos antioxidantes posee», resume Pedro Revilla, uno de los autores del trabajo. Los análisis mostraron que el maíz negro concentra el mayor nivel de antioxidantes, seguido del morado y el rosado, mientras que las diferencias entre el amarillo y el blanco resultaron mínimas.
Cabe añadir que esos compuestos, conocidos como antocianinas, se asocian con beneficios para el corazón, el sistema inmunitario y el envejecimiento celular.
Del pan a la queimada: los usos del millo corvo en la cocina gallega
Obviamente, más allá del laboratorio, el millo corvo tiene un lugar propio en la cocina de la zona. Con su harina se elabora un pan de miga oscura que se ha convertido en la seña de identidad de la variedad, además de empanadas y bizcochos que combinan el cereal con frutos secos, almendras o fruta.
También se usa para preparar una queimada tradicional y, más recientemente, una cerveza artesanal que ha despertado curiosidad entre quienes visitan la zona.
Mientras tanto, el grano se sigue moliendo con piedra en los molinos tradicionales de O Canudo y A Presa, construidos hacia 1800 y restaurados en 1996 para no perder esa técnica artesanal.
Y por otro lado, cada primavera, Meiro celebra el Festival de Millo Corvo, declarada Fiesta de Interés Turístico de Galicia en 2009, con degustaciones y visitas guiadas a los molinos.
En 2006, la organización Slow Food incluyó la variedad en su catálogo Arca del Gusto, que protege alimentos amenazados con alto valor cultural.
El maíz morado gallego, un ejemplo de cómo salvar variedades en peligro
El caso del millo corvo se ha convertido en un ejemplo dentro de un movimiento más amplio de recuperación de semillas autóctonas en toda España, donde variedades locales de cereales, legumbres y hortalizas llevan décadas perdiendo terreno frente a los cultivos comerciales estandarizados.
Los bancos de semillas y las asociaciones vecinales, como la de Meiro, son a menudo el último eslabón que evita que esa diversidad desaparezca para siempre.
Hoy la superficie cultivada de millo corvo sigue siendo pequeña, apenas unas parcelas repartidas por Meiro, pero la demanda de su harina crece cada año entre panaderías y restaurantes que buscan productos con historia.
Así, el próximo Festival de Millo Corvo, previsto para la primavera, volverá a llenar el pueblo de curiosos dispuestos a probar un pan que, hace apenas treinta años, estuvo a un paso de desaparecer del mapa para siempre.