Félix Sanz Roldán

El CNI contrató mercenarios para robar papeles del Rey a Corinna con la excusa de protegerla

Corinna Sayn-Wittgenstein y el Rey Juan Carlos I.
Corinna Sayn-Wittgenstein y el Rey Juan Carlos I.

Félix Sanz Roldán, jefe de los servicios secretos españoles, llevó a cabo una operación de espionaje encaminada a recuperar los documentos que conservaba la princesa alemana y que afectaban a los negocios internacionales de Don Juan Carlos, entonces Rey de España.

Para hacerlo sin levantar sospechas, el CNI explicó a Corinna que iban a lanzar una operación para protegerla de los paparazzi que merodeaban por su casa en Mónaco. Pero el objetivo real era robar los documentos que tenía en su poder y que comprometían al monarca.

El CNI contrató mercenarios para robar papeles del Rey a Corinna con la excusa de protegerla
El rey emérito, Juan Carlos I.

La operación Mónaco, financiada con dinero de los fondos reservados, se puso en marcha una semana después del accidente del entonces Rey en Botswana y de que la princesa alemana abandonara Madrid.

La princesa alemana, su asistente Victoria y su segunda asistente Melisa comenzaron pronto a sospechar de lo que estaba ocurriendo en las instalaciones de la princesa. Los falsos expertos en seguridad pagados por el CNI estaban allí por el interés de quienes los había contratado desde Madrid: más para recuperar los documentos que para ofrecerles protección. El propio conserje del inmueble les comentó que todo aquello no tenía sentido, porque los agentes permanecían en el edificio las 24 horas del día.

La princesa no entendía, según comentó a sus colaboradores y a la policía monegasca, que un grupo de paparazzis -la excusa que le había puesto Don Juan Carlos para ofrecerle protección- justificara tal despliegue y una inversión de cientos de miles de euros, que ella además no pagaba.

No tenía sentido que unas oficinas situadas en la planta 17 de un edificio, donde además estaban ubicados los consulados de Marruecos y Japón y cercano a una Comisaría de Policía, requirieran tanta protección. Para ahuyentar a los ávidos periodistas sólo bastaba con hacer una llamada a la Policía del Principado porque los paparazzis saben cómo se las gastan los agentes del orden de Mónaco, siempre dispuestos a expulsarlos del país.

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