Irán se declara «preparado para la guerra» mientras busca negociar con Trump en plena revuelta interna
Los ayatolás combinan retórica bélica, manifestaciones progubernamentales y contactos secretos con Washington

El régimen de los ayatolás en Irán se ha declarado este lunes 12 de enero «preparado para la guerra» mientras, de forma paralela, intenta abrir una vía de negociación con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en plena revuelta interna. Teherán ha optado por una estrategia doble: exhibir fuerza militar y retórica bélica, al tiempo que mantiene canales abiertos con Washington para evitar una confrontación directa.
En ese contexto, el régimen de los ayatolás ha sacado a la calle a miles de manifestantes progubernamentales en Teherán, en una demostración organizada para minimizar el impacto de las protestas masivas que sacuden el país desde hace semanas y que las propias autoridades consideran las más graves desde 2009. Todo ello mientras organizaciones no gubernamentales han confirmado que más de 500 manifestantes han sido asesinados durante la represión de los últimos días. Las imágenes de familiares buscando a sus seres queridos entre bolsas de plástico en las morgues iraníes han dado la vuelta al mundo.
El ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, ha elevado este lunes el tono al asegurar que Irán está «plenamente preparado para cualquier acción militar estadounidense», en declaraciones a Al Jazeera Arabic. «Si Washington quiere volver a probar la opción militar, ya lo ha hecho antes, y nosotros estamos listos», ha afirmado, en referencia a la operación militar conjunta de Estados Unidos e Israel del pasado mes de junio, que durante doce días golpeó tres instalaciones nucleares iraníes.
Araghchi ha explicado que la capacidad militar del país es hoy muy superior a la de enfrentamientos anteriores. «Nuestra preparación es más amplia y profunda. Estamos preparados para todos los escenarios, aunque esperamos que Estados Unidos elija la opción sabia», ha señalado, combinando una retórica de disuasión con un mensaje calculado para evitar una guerra abierta.
Estas declaraciones llegan después de que el presidente estadounidense, Donald Trump, confirmara que su administración está considerando «acciones militares muy fuertes» contra Irán, al tiempo que ha revelado que Teherán había contactado con Washington para explorar una vía negociadora. El propio Araghchi reconoció haber mantenido conversaciones con Steve Witkoff, enviado especial de Estados Unidos, tanto antes como después del estallido de las protestas. «Algunas ideas se han discutido y están siendo estudiadas», ha destacado, sin ofrecer más detalles.
Esta diplomacia en la sombra se desarrolla mientras Irán vive una ola de protestas sin precedentes, con cientos de muertos y miles de detenidos, según organizaciones de derechos humanos, que denuncian un intento sistemático del régimen por aplastar el movimiento. Pese a ello, las autoridades insisten en que la situación está «bajo control».
Para reforzar esa narrativa, el régimen organizó este lunes una gran manifestación progubernamental en la plaza Enqelab de Teherán. La televisión estatal mostró multitudes ondeando banderas y coreando consignas contra Estados Unidos e Israel durante el acto denominado «levantamiento iraní contra el terrorismo sionista-estadounidense». Allí, el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, ha asegurado que Irán se enfrenta a una guerra en cuatro frentes: económico, psicológico, militar y «contra el terrorismo».
Mientras intenta proyectar una imagen de normalidad en el interior, Teherán ha endurecido su discurso en el exterior. Araghchi ha advertido al Reino Unido «que evite interferir en los asuntos internos de Irán» tras una conversación con la ministra británica Yvette Cooper, e incluso ha llegado a amenazar con evacuar al personal de la embajada iraní en Londres si no se garantiza su seguridad, después de que un manifestante arrancara la bandera oficial del edificio y exhibiera la enseña pre-revolucionaria.
En paralelo, Irán ha convocado a los embajadores de Reino Unido, Francia, Alemania e Italia, exigiendo que cesen su apoyo político a las protestas. Para el régimen, la movilización interna forma parte de un plan de injerencia extranjera, una acusación recurrente utilizada para legitimar la represión y cohesionar a sus bases.
Este clima de máxima tensión interna y externa coloca a Irán en una posición extremadamente volátil. Por un lado, el régimen necesita demostrar fortaleza para disuadir una intervención militar y contener el descontento popular; por otro, es consciente de que un conflicto directo con Estados Unidos tendría consecuencias imprevisibles para la estabilidad del país y de toda la región.
El resultado es una estrategia tan ambigua como calculada: amenazar con la guerra, exhibir músculo militar y movilizar a sus partidarios, mientras explora discretamente una salida negociada que le permita ganar tiempo, reducir la presión internacional y sobrevivir políticamente.
En este delicado equilibrio entre la confrontación y el diálogo se juega no solo el futuro inmediato del régimen iraní, sino también la estabilidad de Oriente Medio en uno de sus momentos más frágiles.
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