La guerra tecnológica EEUU–China entra en fase crítica
La rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China ha superado la fase comercial para convertirse en un conflicto estructural por la supremacía estratégica. El núcleo de la disputa son los semiconductores avanzados, la inteligencia artificial y, especialmente, el equipamiento necesario para producir chips de última generación. Washington ha reforzado los controles de exportación no solo sobre productos finales, sino sobre maquinaria clave, presionando a aliados para evitar que existan vías indirectas de acceso.
El objetivo es claro: limitar la capacidad china para desarrollar sistemas de alto rendimiento con aplicaciones militares y de inteligencia. Los semiconductores son la base de drones, satélites, sistemas de defensa antimisiles y supercomputación. Controlar su fabricación implica condicionar el avance tecnológico del competidor.
China ha respondido con una estrategia de autosuficiencia industrial. El Gobierno ha incrementado la financiación a su sector de chips y prioriza la innovación doméstica, aunque enfrenta obstáculos técnicos en los nodos más avanzados. La brecha tecnológica no es solo cuestión de inversión, sino de acceso a talento, patentes y cadenas de suministro altamente especializadas.
El riesgo es la fragmentación del ecosistema global. Empresas multinacionales se ven obligadas a elegir mercados, adaptar productos y reorganizar cadenas logísticas. La interdependencia que caracterizó la globalización tecnológica da paso a una división progresiva en bloques regulatorios y productivos.
Esta fase crítica no implica un choque inmediato, pero sí una transformación duradera del orden tecnológico mundial. La competencia ya no se mide en exportaciones, sino en capacidad de innovación autónoma. En el siglo XXI, quien controle los chips controlará buena parte del poder económico y militar.