10 cosas que no sabías sobre los gladiadores romanos
Los gladiadores romanos se han hecho famosos sobre todo por el mundo del cine. Te contamos aquí cosas que no sabías de ellos.
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La vida de los gladiadores


Cuando pensamos en gladiadores romanos, casi siempre nos viene a la cabeza el Coliseo lleno de gente, el rugido del público y dos hombres luchando hasta la muerte. Pero la realidad es bastante más rica y llena de matices. Los gladiadores no solo fueron guerreros: también fueron celebridades, esclavos, hombres libres que buscaban dinero… incluso hubo gladiadoras. Aquí van diez datos que probablemente te sorprendan.
Grandes curiosidades sobre los gladiadores
No todos eran esclavos
Aunque la mayoría sí lo eran, había hombres libres que se ofrecían como gladiadores voluntarios. Les llamaban auctorati. Algunos lo hacían por deudas, otros por ambición o simplemente por hambre de gloria. Eso sí, al firmar ese contrato, renunciaban a buena parte de sus derechos ciudadanos.
Entrenaban como atletas
Nada de improvisar. Vivían en escuelas de gladiadores donde pasaban horas entrenando con armas de madera, más pesadas que las reales, para ganar fuerza y técnica. Además, cada tipo de gladiador tenía su propio estilo y armamento: el ágil retiarius con red y tridente, el pesado murmillo con escudo y espada, o el secutor, diseñado para enfrentarse a los primeros.
La muerte no era siempre el final
Hollywood nos ha grabado la idea de que las peleas eran siempre a vida o muerte. La verdad es que no era lo más habitual: un gladiador costaba mucho dinero de entrenar y mantener, así que no convenía desperdiciarlo. La mayoría de los combates terminaban cuando uno de los dos se rendía o quedaba incapacitado.
Médicos especializados
Las escuelas contaban con médicos que trataban heridas y probaban remedios. Gracias a ellos, muchos gladiadores sobrevivían a más combates de lo que imaginarías. De hecho, la medicina gladiatoria fue precursora de ciertas prácticas quirúrgicas romanas.
Su dieta no era lo que piensas
En vez de carne y vino, comían sobre todo cebada y legumbres. Eso les daba energía y, curiosamente, una capa de grasa que amortiguaba los cortes superficiales. Por eso los llamaban hordearii, “los hombres de la cebada”.
También hubo gladiadoras
Aunque poco comunes, las fuentes romanas mencionan mujeres en la arena. Se las conocía como gladiatrices, y solían pelear en espectáculos especiales. Su participación fue prohibida en el siglo III d.C., pero antes causaban furor por lo insólito del espectáculo.
El famoso pulgar
El gesto del pulgar en el Coliseo no es tan claro como pensamos. Los textos hablan de pollice verso, pero los historiadores no se ponen de acuerdo: ¿pulgar arriba significaba perdón o muerte? Lo cierto es que el público influía, pero la última palabra la tenía el organizador del espectáculo.
Fama y fans
Algunos gladiadores eran auténticas estrellas. Tenían seguidores, aparecían en grafitis y hasta levantaban suspiros entre las mujeres. En Pompeya se encontraron inscripciones como: “Celadus, el tracio, hace suspirar a las chicas”. No es tan distinto de los ídolos deportivos de hoy.
El Coliseo no era el único escenario
Aunque es el más famoso, había anfiteatros en todo el Imperio. Pompeya tenía uno antes incluso de que existiera el Coliseo. Estos lugares eran centros sociales donde se mezclaban clases y emociones colectivas.
El fin llegó con el cristianismo
Con la expansión del cristianismo, los juegos empezaron a ser vistos como brutales e inhumanos. En el año 404 d.C., tras la muerte del monje Telémaco, que intentó detener un combate, el emperador Honorio prohibió los espectáculos. Así terminó una tradición de siglos.
¿Cómo se extinguieron los gladiadores en Roma?
La clave está en que Roma ya no era la misma. Con la llegada del cristianismo, los combates empezaron a verse con otros ojos. Para los primeros cristianos, poner la vida de un hombre en manos del público era un acto cruel, un entretenimiento pagano que debía ser rechazado. Los sermones y escritos de los obispos insistían en que esos juegos no tenían cabida en una sociedad que hablaba de compasión y respeto por la vida.
A la religión se sumaba la economía. Mantener a un gladiador costaba mucho: entrenamiento, comida, médicos, armas, anfiteatros… y organizar un espectáculo para miles de personas era una inversión gigantesca. En un Imperio en crisis, acosado por guerras y problemas internos, los gobernantes preferían gastar recursos en la defensa de las fronteras antes que en fiestas sangrientas.
El golpe final llegó en el año 404 d.C.. Ese día, un monje llamado Telémaco entró en la arena e intentó detener una pelea. La multitud lo mató, pero su gesto no pasó inadvertido: el emperador Honorio decidió prohibir de una vez los combates de gladiadores. Desde entonces, se acabaron oficialmente, aunque puede que en rincones lejanos siguieran existiendo pequeñas luchas clandestinas.
Eso sí, no todo desapareció de golpe. Las carreras de carros y las cacerías de animales siguieron un tiempo más. Pero con la caída del Imperio de Occidente, en el 476 d.C., también esos espectáculos fueron perdiendo fuerza.
Conclusión
Los gladiadores fueron mucho más que luchadores en arenas de sangre. Eran, en cierto modo, el espejo de su tiempo: hombres (y a veces mujeres) atrapados entre la violencia, el honor, el espectáculo y la política. ¿Eran víctimas? Sí. ¿Eran héroes? También. Quizá por eso siguen fascinándonos dos mil años después.
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