OKDIARIO en Tánger, la puerta de salida de los inmigrantes hacia el sueño europeo

Melilla y Ceuta son las dos únicas fronteras terrestres que hay entre Africa y España. Eso les convierte en un lugar clave para el tráfico de inmigrantes irregulares cuyo objetivo es llegar a Europa. Para conseguir su objetivo, primero tienen que entrar en una de las dos Ciudades Autónomas, pasar unas semanas en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes y esperar a que sean trasladados a la península a algún otro equipamiento de estancia de extranjeros. En Ceuta, los irregulares controlan los ocho kilómetros y medio de valla que separan la ciudad española de Fnideq, para aprovechar cualquier descuido de las fuerzas de seguridad del Estado para saltar. Un equipo de OKDIARIO ha hecho el trayecto al revés, cruzando a pie la frontera hasta Marruecos para ver el origen del problema.

Aunque a pesar del paso del estrecho, cruzar la frontera es relativamente rápido, los periodistas debemos recurrir a un cierto engaño para poder pasar sin problemas y, sobretodo, que nuestra estancia en el país sea tranquila. Como hace dos años –la última vez que vine a Marruecos–, continuo siendo estudiante. He conseguido esconder bien el micro entre la ropa y hacer creer que el trípode era para sacarme yo unas fotos porque era influencer -eso que tanto odio-. Se lo han creído y les ha hecho gracia. Espero que no busquen mi perfil de Instagram y mis únicos 2.000 seguidores.

Sólo cruzar la frontera y pisar territorio marroquí, los primeros que te saludan son menores que no llegan a los 10 años, vestidos con camisas falsificadas del Real Madrid, el Barça y la Selección española intentándote colocar paquetes de pañuelos aunque tú no los necesites. La oferta que te hacen, al final, es tan irresistible que los acabas comprando por si, con estos cambios de temperatura, te acabas resfriando. Y es que en un territorio tradicionalmente muy cálido, el calor estos días brilla por su ausencia. La ola de altas temperaturas parece haberse quedado en la península sin cruzar el estrecho.

Junto a los niños vendedores de pañuelos, entre montañas desiertas sólo ocupadas por decenas de policías marroquíes que controlan la frontera desde las alturas, hay una gran explanada llena de taxis antiguos, blancos y azules, entre los que aparece alguna furgoneta nueva. Todos están chafados, así que intentas buscar el que menos lo está para intentar viajar lo más seguro posible los 80 kilómetros que distancian Tánger de la frontera española. Y es que en vistas de cómo conducen en el tiempo que buscas un taxi, te das cuenta que aquí no hay ley. Finalmente acabo en el taxi más chafado, ya que el del taxi nuevo me quería hacer el lío y cobrarme 800 dirhams –unos 80 euros– para llevarme hasta el hotel.

En Ceuta me habían recomendado utilizar un Grand Taxi, que no es más que esperar casi una hora hasta que llegaran cinco personas más que quisieran viajar a Tánger. Y es que cuando ya nos faltaba sólo uno para partir, llega otro taxista y les hace una oferta mejor a una familia de tres, así que se bajan y se van con él. Con sobreocupación en el coche, este taxista también continuaba queriéndome sacar más dinero del que me habían dicho que costaba. Regateando, finalmente consigo que el trayecto me cueste 120 dirhams. El taxista se embolsará 720 dirhams entre todos los pasajeros.

De camino a Tánger, junto a tres marroquíes y una pareja francesa pregunto en un par de ocasiones sobre el problema de la inmigración en España. Es un tema del que rápido veo, prefieren no hablar mucho. Me explican que en Marruecos hay alguna ONG que les ayuda a pasar a territorio español. Les explican en origen donde es el mejor lugar donde esperar y cuando es el mejor momento para saltar. Para ese momento, ya les han facilitado un mapa con una dirección hasta donde ir, andando unos dos kilómetros: se trata del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, donde a día de hoy casi se triplica el número de residentes de los que permite la ley.

Tánger es el punto de origen de todo. Desde los barrios de Mesnana y Boukhalef es desde donde se distribuyen los inmigrantes que quieren llegar a España. Los que tienen recursos económicos permanecen aquí, a la espera de poder cruzar en una lancha o en una moto de agua. Los que no, se dirigen hasta Fnideq -a unos 80 kilómetros-, para aguardar suerte junto a la valla de Europa, el sueño de muchos de ellos.

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