Retiro

Valentín Fuster, cardiólogo español (83 años) hace 20 años: «El retiro o la jubilación no tienen cabida en mi diccionario; solo la enfermedad podría jubilarme»

Valentín Fuster
Valentín Fuster, cardiólogo. Imagen de CNIC.

Valentín Fuster, cardiólogo español de 83 años, lo dejó claro hace dos décadas: la jubilación no existe en su vocabulario y solo una enfermedad podría apartarle de su trabajo. Sus palabras, dichas a los 63 años en 2006, funcionan hoy casi como un programa de vida.

En aquel momento regresaba a España tras más de tres décadas trabajando en Estados Unidos para presidir el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), un proyecto impulsado por el Ministerio de Sanidad y cinco empresas españolas. Lo hacía, según aseguró, sin la menor intención de retirarse.

Valentín Fuster no piensa en la jubilación

«El retiro o la jubilación no tienen cabida en mi diccionario. Solo la enfermedad podría jubilarme», afirmó. La frase llegó como respuesta a quienes pudieran pensar que había vuelto a su país para descansar.

Fue más allá: «Si el retiro fuera mi objetivo, el destino sería Florida». Añadió que ni él ni los demás científicos que un día se marcharon de España regresan para jubilarse, y que su casa, confesaba, estaba en Nueva York.

Tampoco veía la edad como un límite. Si a los 80 años solo sirviera para trasladar enfermos de un hospital a otro, lo haría, porque seguiría sirviendo a la sociedad. Y se imaginaba una sociedad más sana, donde personas de 70 u 80 años fueran útiles.

Su motor, decía, era ayudar a los jóvenes con talento. Él tuvo la suerte de contar con tutores que le marcaron el camino, y por eso se juró dedicar parte de su vida a hacer lo mismo con las nuevas generaciones: descubrir por dónde ir, afirmaba, es la inversión más importante de la vida.

Una rutina que empieza a las cinco de la mañana

La entrevista, concedida al suplemento dominical de El Periódico, lo sorprendió a esa hora, cuando preparaba la ronda de llamadas con la que atendía personalmente a todos los pacientes visitados durante la semana, y aprovechaba el inicio del día para pensar y ordenar su vida.

Reconocía dormir solo cuatro horas, costumbre que atribuía al hábito o a la genética, y se preguntaba si no está más loco quien pasa, de media, tres horas diarias frente al televisor.

Cada año se preparaba entre enero y agosto para subir en bicicleta un puerto del Tour de Francia; para 2006 le quedaba el Puy de Dôme. Lo veía como una escapada hacia la naturaleza y la libertad. Su equilibrio, explicaba, descansaba en hacer lo que le gusta y en la familia: casado desde hacía 37 años, con un hijo y una hija a los que consideraba sus mejores amigos.

Prevenir antes que curar

Su gran preocupación era la prevención. Pese a que se sabía más que nunca sobre el corazón, seguían muriendo muchas personas por enfermedades cardiovasculares, y a evitarlas se dedicaba menos del 1% de los presupuestos de investigación. Como ejemplo del maltrato a ese órgano citaba la obesidad infantil: según los datos que manejaba entonces, afectaba al 11,1% de los niños de dos a cinco años y al 15,9% de los de seis a nueve.

Compartía con Ferran Adrià la preocupación por la nutrición en el marco de la Fundación Alicia, que promueve el buen comer entre grandes y pequeños. Defendió además la ley antitabaco, que a su juicio no ataca la libertad personal, y advirtió de que el sedentarismo es una bomba de relojería para la salud.

Sobre sus propios logros, prefería no hablar de metas, sino de un camino: «Estamos en camino, eso es todo». Y resumía su filosofía con una idea de gratitud hacia la sociedad: «La única manera de agradecer es dar».

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