Arte

La reflexión de Pablo Picasso, pintor español, sobre el arte: «Copiar a otros es necesario, pero copiarse a uno mismo es patético»

Mural de Pablo Picasso
Mural Lucha por lo imposible, obra de Juan María Rivero (Bohemio) y Raúl Zambrana del año 2020, en Sacaba Beach, Málaga. Foto: Daniel Capilla en Wikimedia Commons.
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Hablar de Pablo Picasso es hablar del artista que más veces se reinventó a sí mismo en la historia del arte moderno. El hombre no conocía lo que era un límite. Pasó del dibujo académico al cubismo, del cubismo al clasicismo y de ahí a un centenar de estilos propios, sin quedarse nunca demasiado tiempo en el mismo lugar.

Y ese movimiento constante lejos estuvo de ser una simple inquietud artística. Picasso lo explicó él mismo en una reflexión que pocas veces se cita completa y que resume, mejor que cualquier biografía, el motivo real de sus continuos cambios de rumbo.

¿Por qué para Pablo Picasso copiarse a uno mismo era peor que copiar a otros?

La cita completa es más dura de lo que suele repetirse en redes sociales. Según recogió el fotógrafo y escritor Brassaï en su libro ‘Picasso and Company’, y también la revista Vogue en una entrevista de 1956, Picasso dijo textualmente:

«El éxito es peligroso. Uno empieza a copiarse a sí mismo, y copiarse a sí mismo es más peligroso que copiar a otros. Conduce a la esterilidad».

El editor de la revista, Alexander Liberman, recogió esas palabras en Nueva York el 1 de noviembre de 1956, cuando Picasso ya vivía instalado en el sur de Francia y era, desde hacía décadas, el artista vivo más cotizado del mundo.

Podía repetir la fórmula del cubismo o del clasicismo que tanto dinero y reconocimiento le habían dado, pero eligió advertir justo de ese peligro.

La reflexión no era nueva en su pensamiento. Años antes ya había dejado otra frase en la misma línea: «Un artista copia, un gran artista roba».

La diferencia entre ambas ideas está en el matiz. Robar implica transformar lo ajeno en algo propio, mientras que copiarse a uno mismo solo implica repetir lo que ya existía sin ningún tipo de transformación.

¿Cuántas veces repetimos la fórmula que un día funcionó, solo por miedo a fallar?

Picasso identificaba el éxito como una trampa muy concreta: una vez que algo funciona, la tentación de repetirlo una y otra vez resulta casi irresistible.

Copiar a otro artista, decía, obliga a observar, a estudiar una técnica ajena y a esforzarse por entenderla. Copiarse a uno mismo, en cambio, no exige ningún esfuerzo, meramente basta con repetir un gesto ya aprendido.

Esa comodidad es, según su propia reflexión, la que termina con la creatividad. El artista deja de mirar hacia fuera y empieza a mirar solo hacia su propio catálogo de aciertos anteriores, convencido de que ahí está la seguridad.

¿Nos atrevemos a destruir lo que ya dominamos para seguir creciendo?

La biografía de Picasso demuestra que no se trataba de una frase vacía. Entre 1901 y 1904 pintó su periodo azul, marcado por la muerte de su amigo Carlos Casagemas. Apenas dos años después lo abandonó por completo para pintar arlequines y circos en tonos rosas y cálidos.

En 1907 rompió con todo lo anterior al pintar Las señoritas de Aviñón, el cuadro que abrió la puerta al cubismo junto a Georges Braque.

Décadas más tarde, ya consagrado, seguía cambiando de estilo con Guernica (1937) o con sus reinterpretaciones de Las meninas de Velázquez, pintadas en los años cincuenta. Cada etapa enterraba la anterior en lugar de repetirla.

¿Qué nos sigue enseñando Picasso sobre el peligro de la zona de confort creativa?

La reflexión de Picasso no habla solo de pintura. Cualquier persona que repite una y otra vez la misma receta en su trabajo, sin cuestionarla nunca, corre el riesgo que él describía como esterilidad. Hacer bien lo de siempre, pero dejar de aportar algo nuevo.

Picasso murió en 1973, a los 91 años, sin haber dejado nunca de cambiar de estilo. Esa fue, probablemente, su verdadera obra maestra: la negativa a convertirse en una copia de sí mismo, incluso cuando el mundo entero ya lo consideraba el mejor pintor vivo.

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