Posguerra

El oficio esencial para la supervivencia que estuvo en el punto de mira durante la posguerra española

Posguerra
Molinero siendo acechado por un militar. Foto: ilustración propia.
  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

La posguerra española alteró de forma profunda las dinámicas económicas y sociales del medio rural. El abastecimiento de alimentos, sometido a una estricta regulación, pasó a depender de una red de productores y transformadores cuya actividad quedó bajo control directo del Estado.

Dentro de ese engranaje, nos topamos con un oficio que además de ocupar un lugar relevante durante la posguerra, fue perseguido por las autoridades. Tradicionalmente integrado en la vida de los pueblos, este trabajo quedó vinculado a nuevas normativas, inspecciones y tensiones derivadas de la escasez.

¿Cuál fue el oficio que estuvo en el punto de mira durante la posguerra española?

Durante la posguerra, el molinero fue una figura imprescindible para garantizar el acceso a la harina, base del pan y de otros alimentos esenciales. Sin embargo, esa misma centralidad lo situó bajo una vigilancia constante. El régimen franquista, a través de organismos específicos, intentó controlar todo el ciclo del cereal, desde la cosecha hasta la distribución final.

El Servicio Nacional del Trigo, creado durante la contienda y consolidado tras 1939, obligaba a los agricultores a entregar su producción a precios fijados por el Estado. Los molinos solo podían trabajar el grano asignado oficialmente, con cupos estrictos y registros detallados.

Cualquier desviación podía ser interpretada como una infracción grave en plena posguerra, cuando el pan se consideraba un recurso estratégico.

El molinero entre la autarquía y el estraperlo

La realidad cotidiana de la posguerra española mostró pronto las limitaciones del sistema autárquico. Los precios oficiales resultaban insuficientes para agricultores y transformadores, lo que favoreció la ocultación de cosechas y el desarrollo del mercado negro, conocido como estraperlo. En ese contexto, el molinero se convirtió en un intermediario clave.

Las moliendas clandestinas, realizadas a menudo de noche, permitían transformar trigo no declarado en harina destinada a circuitos paralelos. Se calcula que en algunos momentos de la posguerra hasta la mitad del cereal podía circular fuera del control estatal.

Esta situación colocó al oficio en una posición ambigua: por un lado, sometido a inspecciones constantes; por otro, imprescindible para que muchas economías domésticas pudieran subsistir.

La Fiscalía de Tasas y los inspectores de paisano revisaban sacos, cuentas y existencias, requisando grano cuando detectaban irregularidades. La presión era continua y el riesgo elevado, lo que explica la imagen de recelo que acompañó al molinero durante aquellos años.

Consorcios harineros y control de la producción

Para reforzar el control durante la posguerra, el Estado impulsó los Consorcios Harineros Provinciales, que agrupaban a los industriales del sector. No se trataba de asociaciones voluntarias, sino de estructuras corporativas destinadas a facilitar la intervención. A través de ellas se distribuía el trigo oficial, se fijaban beneficios máximos y se centralizaba la información.

El objetivo era limitar cualquier margen de maniobra individual y asegurar que la harina destinada al racionamiento llegara a su destino. Sin embargo, estos consorcios también estuvieron implicados en episodios de corrupción.

El caso del Consorcio Harinero de Madrid en 1948, con desvíos de harina procedente de ayuda exterior, evidenció las contradicciones del sistema en plena posguerra española.

El «pan de racionamiento» y la fuerte desigualdad en la posguerra

El impacto social del control harinero fue visible en la mesa de la población. Durante la posguerra, el llamado «pan de racionamiento» se elaboraba con harinas de baja calidad, mezcladas con cereales secundarios como cebada o centeno, e incluso con leguminosas como la almorta. Este pan oscuro y denso se convirtió en un símbolo de los años del hambre.

En contraste, la harina de trigo refinada dio lugar al llamado pan blanco, prácticamente inaccesible fuera del mercado negro. Su consumo marcaba diferencias sociales claras en la posguerra, reforzando la percepción de desigualdad y alimentando la desconfianza hacia quienes controlaban la molienda.

El molinero quedó así atrapado entre la necesidad colectiva, la normativa oficial y las prácticas informales que garantizaban la supervivencia.

Su oficio, esencial desde siglos atrás, adquirió durante la posguerra española un significado que trascendía la técnica: fue un punto de fricción entre el intervencionismo estatal y la economía real de los pueblos.

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