El curioso oficio que se veía a diario en todo Madrid durante la posguerra: hoy ya es una estampa de museo
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La posguerra española transformó de forma profunda la vida urbana en Madrid. Y es que consecuentemente, la falta de recursos, la economía de subsistencia y la escasa industrialización hicieron que numerosos oficios tradicionales mantuvieran su vigencia durante años, especialmente aquellos vinculados a la venta ambulante y a la producción artesanal.
Uno de esos oficios estuvo estrechamente relacionado con el barro y con una forma de comercio directa, sin intermediarios. Retroceder hacia el contexto de la posguerra ayuda a entender por qué este trabajo tuvo tanta presencia en Madrid durante décadas y por qué su desaparición fue progresiva, a medida que cambiaban los hábitos de consumo y la ciudad se modernizaba.
¿Cuál es el oficio que se veía a diario en las calles de Madrid durante la posguerra?
En plena posguerra, la figura del botijero aparecía con frecuencia en Madrid, especialmente durante la primavera y el verano. Aunque tradicionalmente se asociaba su origen a Extremadura, en particular a zonas como Salvatierra de los Barros, lo cierto es que en los alrededores de la capital también existían tejares y alfares que abastecían de mercancía a la ciudad.
El botijero no vendía únicamente botijos. Su carga incluía una amplia variedad de utensilios de barro cocido, todos ellos esenciales en los hogares de la posguerra. La escasez de materiales industriales y la necesidad de objetos duraderos hacían del barro una solución práctica y accesible para muchas familias madrileñas.
La imagen del botijero estaba inseparablemente unida al burro, animal de carga habitual en la posguerra. Engalanado con borlas, mantas y, en ocasiones, algún adorno llamativo, el animal transportaba dos grandes cestas laterales rellenas de paja para evitar que las piezas se golpearan entre sí. Algunos cacharros colgaban incluso por el exterior, a modo de reclamo visual.
El pregón anunciaba su llegada antes de verlo aparecer. Ese canto característico formaba parte del sonido cotidiano de la ciudad y contribuía a que el oficio tuviera una presencia reconocible.
Así, la estampa, repetida año tras año, terminó por integrarse en el imaginario colectivo del Madrid de la posguerra.
¿Cuáles eran los productos de barro que ofrecía el botijero?
La mercancía que ofrecía el botijero era variada y funcional. Además del botijo (blanco o colorado, de distintos tamaños) se vendían fuentes para asados, platos, cazuelas, orzas para aceitunas, cucharones, candelabros y pequeñas alcancías. Todo respondía a las necesidades básicas de una cocina modesta y a una economía ajustada.
En la posguerra, estos objetos no eran decorativos, sino herramientas de uso diario. El botijo, por ejemplo, ocupaba un lugar central en muchas casas, colgado a la sombra para mantener el agua fresca.
Existía incluso la creencia popular de que el botijo blanco conservaba mejor el frescor que el colorado, una discusión habitual en la época.
Un trabajo estacional condenado a desaparecer tras la posguerra
El oficio del botijero seguía un ciclo casi estacional. Fabricaba durante el invierno y vendía en los meses de calor, recorriendo barrios y, en muchos casos, distintas provincias. La venta directa permitía obtener un jornal ajustado, suficiente para cubrir gastos en un contexto económico marcado por la precariedad.
Con el paso del tiempo, la industrialización, la aparición de nuevos materiales y la transformación urbana de Madrid fueron arrinconando este trabajo. La posguerra quedó atrás y con ella desaparecieron muchos oficios tradicionales.
Hoy, la figura del botijero pertenece más al ámbito del recuerdo y del museo que a las calles de la capital, como símbolo de una etapa histórica definida por la necesidad, la artesanía y el contacto directo entre vendedor y ciudad.