Pueblos Cataluña

El diminuto pueblo maldito de los Pirineos rodeado de barrancos y misterios propios del ‘true crime’

El pueblo es la imagen de postal de un lugar idílico frente a una historia

Es un diminuto pueblo maldito de los Pirineos, bello, y rodeado de montañas

Tor dejó de ser solo un pueblo de montaña para convertirse en un símbolo

El diminuto pueblo maldito de los Pirineos rodeado de barrancos y misterios propios del ‘true crime’

Tor es un pequeño y aislado pueblo del Pirineo catalán que, durante décadas, habría pasado desapercibido para la mayoría si no fuera por una sucesión de conflictos, muertes violentas y disputas de poder que lo convirtieron en uno de los escenarios más inquietantes del true crime español. Es un diminuto pueblo maldito de los Pirineos, bello, y rodeado de montañas, prados y caminos abruptos, que cuenta con pocas casas de piedra y hoy es una paradoja: la imagen de postal de un lugar idílico frente a una historia marcada por la violencia, la ambición y el silencio.

Lo que ocurrió en Tor no puede entenderse como un simple crimen aislado. Se trata de un relato complejo que combina luchas por la propiedad de la tierra, contrabando en la frontera con Andorra, enfrentamientos personales enquistados durante décadas y un sistema de convivencia basado en normas ancestrales. El asesinato sin resolver de Josep Montané, conocido como Sansa, en 1995, fue el episodio más conocido, pero no el único. A partir de entonces, Tor dejó de ser solo un pueblo de montaña para convertirse en un símbolo del lado más oscuro de la vida rural.

Dónde está el diminuto pueblo maldito de los Pirineos

Tor se sitúa en la comarca del Pallars Sobirà, en la provincia de Lleida, en un enclave estratégico próximo a la frontera con Andorra. Históricamente, su ubicación lo convirtió en un punto clave de paso entre territorios, lo que favoreció actividades como el contrabando durante buena parte del siglo XX.

A diferencia de otros pueblos pirenaicos, Tor funcionaba bajo un régimen de propiedad colectiva de la montaña, establecido formalmente en 1896 por 13 familias.

Según ese acuerdo, explicado en una publicación de The New York Times, sólo podían reclamar derechos sobre la montaña quienes residieran allí todo el año y mantuvieran sus hogares habitados de forma permanente. Esta norma, pensada para proteger el territorio, acabó siendo el origen de una larga cadena de enfrentamientos legales y personales que se intensificaron con el paso del tiempo.

La montaña como origen del conflicto

La verdadera protagonista de la historia de Tor no es solo el pueblo, sino la montaña que lo rodea. El diminuto pueblo maldito de los Pirineos fue un espacio, codiciado por su potencial económico, que se convirtió en el centro de una lucha feroz entre vecinos.

Josep Montané, Sansa, defendía la idea de transformar la montaña en una estación de esquí, convencido de que supondría prosperidad y desarrollo. Otros habitantes, como su principal antagonista, conocido como El Palanca, querían preservar el carácter ganadero y bucólico del entorno.

Durante años, las disputas derivaron en denuncias, amenazas y enfrentamientos abiertos. En paralelo, el contrabando procedente de Andorra añadió una capa más de tensión. Algunos vecinos, junto con intermediarios externos, llegaron a imponer peajes ilegales a quienes transitaban por los caminos de montaña, generando un clima de intimidación permanente.

El asesinato de Sansa y un crimen sin resolver

En 1995, tras una década de litigios, un juez declaró a Sansa único propietario de la montaña de Tor. Cinco meses después, fue hallado muerto en su casa, con un cable eléctrico alrededor del cuello. El cuerpo, ya en avanzado estado de descomposición, presentaba signos de violencia extrema. La escena del crimen, según los investigadores, estaba tan alterada que resultó imposible obtener pruebas concluyentes.

El caso nunca se resolvió. Como señaló el periodista Carles Porta, responsable de las investigaciones más exhaustivas sobre Tor, «todo el mundo tenía motivos para odiar a Sansa». Esta falta de una verdad judicial clara alimentó el mito y convirtió el crimen en una herida abierta para los pocos habitantes que permanecían en el pueblo.

De tragedia local a fenómeno mediático

El caso de Tor trascendió el ámbito local gracias al trabajo periodístico de Carles Porta, que comenzó investigando a finales de los años 90. A lo largo del tiempo, el periodista publicó reportajes televisivos, un libro, un podcast de gran éxito y una serie documental que reavivaron el interés por la historia. Este tratamiento narrativo, influido por el true crime anglosajón, situó a Tor en el mapa mediático nacional e internacional.

El impacto del turismo de crímenes reales

En los últimos años, este diminuto pueblo maldito de los Pirineos, Tor, ha experimentado una forma peculiar de turismo. Visitantes atraídos por la historia se alojan en antiguas casas del pueblo, participan en rutas nocturnas y recrean escenas del crimen, algo que ha generado un profundo malestar entre los vecinos, como explica un video publicado en TikTok. Para ellos, Tor no es una ficción ni una atracción, sino el lugar donde han vivido conflictos reales y pérdidas irreparables.

Desde el ámbito académico, diversas universidades europeas y de todo el mundo, como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), han advertido sobre los riesgos del dark tourism o turismo oscuro, que convierte tragedias reales en productos de consumo cultural. Estudios de la Universitat de Barcelona subrayan la necesidad de abordar estos fenómenos con criterios éticos y educativos, evitando la banalización del sufrimiento.

 

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