Pánico tras la paliza homófoba en Pere Garau: la víctima solicita orden de alejamiento contra sus agresores
Durante la agresión escuchó amenazas que todavía hoy le persiguen. "Ya te encontraremos", le habrían dicho sus agresores.

El miedo no se ha ido. No ha disminuido con el paso de los días ni se ha diluido con el tiempo. Al contrario, ha crecido, se ha instalado y se ha convertido en parte de su vida cotidiana. Tras la brutal agresión homófoba sufrida en el mercado de Pere Garau, en Palma de Mallorca, la víctima, Miquel Gili, vive ahora en un estado de alerta permanente.
Cada salida a la calle, cada trayecto, cada rostro desconocido puede convertirse en un recordatorio de lo ocurrido. Lo que antes era rutina ahora es incertidumbre. Lo que antes era trabajo, ahora es tensión. El mercader no solo arrastra las secuelas físicas de la agresión, sino un impacto psicológico profundo. Ha tenido que iniciar tratamiento para intentar recomponer una normalidad que siente rota. Pero hay algo que no desaparece: el miedo a que vuelva a ocurrir.
Según su testimonio, durante la agresión escuchó amenazas que todavía hoy le persiguen. «Ya te encontraremos», le habrían dicho sus agresores. Una frase corta, casi simple, pero que para él se ha convertido en una advertencia constante, en una idea que no abandona su mente.
Esa sensación de vulnerabilidad ha llevado a su entorno legal a actuar con urgencia. Su abogado, Juan Arbós, ha solicitado una orden de alejamiento contra los tres presuntos implicados en la agresión: dos hombres señalados como autores materiales de la paliza y una mujer que, presuntamente, habría participado incitando el ataque con insultos homófobos y alentando la violencia.
La petición no es solo un trámite judicial. Es, para la víctima, una necesidad inmediata de protección. Una forma de recuperar algo de tranquilidad en un entorno que ahora percibe como hostil. El caso ya está en manos de la autoridad judicial, que ha trasladado la solicitud a la Fiscalía para su evaluación. La decisión que se tome en los próximos días será clave para determinar si se refuerzan o no las medidas de seguridad en torno a la víctima.
Mientras tanto, la incertidumbre sigue muy presente. La posibilidad de coincidir con los agresores en un espacio tan cercano como el propio mercado de Pere Garau añade una capa más de angustia a una situación ya de por sí difícil. Cada jornada laboral se convierte en un reto emocional.
El proceso judicial avanza, y en los próximos días será el turno de los presuntos agresores, que deberán declarar ante el juez. Un momento clave que podría aportar nuevas versiones sobre lo sucedido aquel día. Sin embargo, para la víctima, el episodio no pertenece al pasado. Sigue siendo presente. Sigue siendo una amenaza latente.
El caso ha generado una fuerte respuesta social, con muestras de apoyo y condena, pero el impacto más profundo no está en la reacción pública, sino en la vida diaria de quien lo ha sufrido. El resto de compañeros del mercado de Pere Garau lo tiene muy claro: «Los agresores son violentos y muy conflictivos. Se tienen que marchar, no los queremos aquí». Porque más allá de los titulares, de los comunicados y de los procedimientos judiciales, queda una realidad más silenciosa y persistente: la de alguien que intenta recuperar la sensación básica de sentirse seguro.
Y mientras espera una decisión judicial, la pregunta sigue flotando en el aire con fuerza inquietante: ¿podrá volver a su vida sin miedo?