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Un anciano obligado a dormir en un parking porque unos marroquíes se han atrincherado en sus pisos de Palma

Los vecinos del edificio denuncian que el propietario sobrevive en el garaje rodeado de desperdicios, ruido y basura

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Julio Bastida

En el número 36 de la calle Aragón de Palma, una de las vías más transitadas y visibles de la capital balear, se esconde una escena desgarradora. Tras la puerta metálica de un garaje, entre coches y columnas de hormigón, duerme un hombre de más de 70 años que es propietario de dos viviendas y hoy vive en su propia plaza de parking.

La caída fue lenta, pero devastadora. Hace años alquiló sus dos inmuebles a ciudadanos de origen marroquí. Lo que parecía un acuerdo normal terminó convirtiéndose en un conflicto enquistado. Según relatan vecinos del edificio, los inquilinos dejaron de pagar y no se marcharon. Se atrincheraron dentro. En el lenguaje popular, aseguran, pasaron a ser inquiokupas : ni abonan la renta ni abandonan la vivienda. Todo ello, ante la desesperación de la propiedad y también, del resto de vecinos de la comunidad.

Mientras los procedimientos legales avanzaban con desesperante lentitud, la vida del propietario se desplomaba. Sin poder recuperar sus pisos y sin recursos suficientes para empezar de nuevo, terminó bajando al subsuelo del edificio. Literalmente.

Hoy su plaza de aparcamiento es su dormitorio, su cocina y su refugio. Un colchón desgastado sobre el suelo, un microondas conectado como puede, una radio antigua que suena a deshoras, ropa amontonada, maletas abiertas, bolsas repletas, restos de comida. Basura acumulada en un espacio pensado para coches, no para personas.

El olor es uno de los aspectos que más inquieta a los vecinos. «Hay días en que el hedor a comida es insoportable», relata una residente que no quiere revelar su identidad por miedo a represalias. Otros hablan de insalubridad creciente, de suciedad persistente, de la posibilidad real de que aparezcan ratas o cucarachas.

Algunos mencionan un posible síndrome de Diógenes, aunque reconocen que no son médicos. Solo describen lo que ven: acumulación descontrolada, abandono personal, aislamiento. «No está bien. Necesita ayuda urgente», insiste otro vecino.

La escena se vuelve aún más perturbadora, según varios testimonios, cuando aparece en el garaje una mujer que en ocasiones se tumba desnuda en la cama improvisada. La música suena a gran volumen. Se cocina allí mismo. El aparcamiento, dicen, se ha convertido en un espacio de tensión constante.

La indignación convive con la compasión. Nadie niega el malestar. Pero tampoco pueden ignorar la crudeza de la imagen: un septuagenario mallorquín de toda la vida viviendo entre basura mientras sus viviendas están okupadas a pocos metros de distancia.

La paradoja es brutal. Propietario de dos inmuebles en una de las calles más conocidas y transitadas de Palma, pero durmiendo junto a su coche como si fuera un desahuciado invisible. Sin techo real, sin privacidad, sin condiciones mínimas de dignidad. «Esto no puede seguir así», repiten en el edificio. Temen por la salud del hombre, por la salubridad del inmueble y por una situación que se ha cronificado hasta el límite. Denuncian que las administraciones no han dado una solución efectiva y que el conflicto se ha convertido en un callejón sin salida.

Cada día, miles de personas recorren la calle Aragón sin imaginar que, bajo sus pies, en un garaje cualquiera, un antiguo propietario sobrevive atrapado entre la okupación, el deterioro y el abandono. Una historia que mezcla vulnerabilidad, desesperación y una pregunta incómoda que sobrevuela el edificio: ¿Cómo puede alguien perderlo todo sin salir siquiera de su propia casa?

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