Neuralgia postherpética: cuando el dolor del herpes zóster se vuelve crónico
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El ser humano ha convivido con el virus Herpes tipo 3 desde los inicios de su evolución. Este germen, responsable de la varicela y del herpes zóster, es un parásito que sólo puede sobrevivir dentro del cuerpo humano, su único hábitat conocido. Durante la infancia, la mayoría de las personas entran en contacto con él a través de la varicela, una enfermedad que suele ser benigna en niños, pero que puede complicarse en la edad adulta.
Sin embargo, el virus tiene una estrategia de supervivencia excepcional: cuando nuestro sistema inmune lo persigue, se refugia en los ganglios sensitivos de nuestro sistema nervioso. Allí permanece inactivo, integrado en nuestras propias células, esperando una oportunidad para reactivarse. Esta capacidad de “acoplarse” a nuestro ADN explica por qué muchos tratamientos resultan ineficaces y por qué la prevención es la herramienta más valiosa de la que disponemos.
La reactivación: del herpes zóster a la neuralgia
En determinadas circunstancias, este virus latente vuelve a despertar, dando lugar al herpes zóster. Esta afección es relativamente frecuente y afecta de forma predominante a personas mayores de 50 años. La reactivación suele estar vinculada a la disminución natural de la inmunidad celular que ocurre con el paso del tiempo, ya que los anticuerpos contra el virus tienden a permanecer estables, pero la respuesta de las células defensoras decae con la edad.
La presentación clínica afecta directamente a un grupo nervioso y al área de la piel que este cubre (dermatomo). El proceso suele comenzar con una sensación de dolor o hiperalgesia en la zona afectada, seguida unos días después por una erupción cutánea unilateral que evoluciona de eritema a vesículas y, finalmente, a costras.
No obstante, el aspecto más incapacitante no siempre son las lesiones visibles, sino la neuralgia postherpética: un dolor persistente que puede durar semanas o meses, incluso después de que las heridas de la piel hayan cicatrizado.
Complicaciones y riesgos asociados
Aunque el dolor es el síntoma más característico, el herpes zóster puede acarrear complicaciones severas si no se trata adecuadamente. Entre ellas se encuentran la sobreinfección bacteriana de las lesiones, la cicatrización profunda e incluso parálisis motora por la diseminación del virus a las fibras musculares.
Una de las zonas de mayor riesgo es la rama oftálmica del nervio trigémino. Cuando el virus afecta a esta área, pueden aparecer úlceras corneales persistentes, queratoconjuntivitis y anestesia ocular, poniendo en riesgo la visión del paciente. En las personas mayores, la neuralgia postherpética se convierte en la complicación más habitual, provocando un dolor intenso que, en muchas ocasiones, resulta de muy difícil control para los especialistas.
Prevención y manejo especializado del dolor
Dada la naturaleza del virus, el tratamiento debe abordarse desde una perspectiva sintomática y precoz. Para los mayores de 50 años o pacientes inmunocomprometidos, está indicada la administración de antivirales orales durante una semana para mitigar el avance de la infección.
Sin embargo, el Doctor Alfonso Vidal Marcos, especialista en Anestesiología y Reanimación y coordinador de la Unidad del Dolor Hospital Quirónsalud Sur, subraya que el tratamiento del dolor debe ser igualmente intenso desde el inicio; si se actúa rápido, la neuralgia resultante puede ser mucho menos severa en caso de presentarse.
El tratamiento del dolor se basa fundamentalmente en fármacos, denominados neuromoduladores, que bloquean los canales de sodio, como pueden ser la gabapentina o la pregabalina, entre otros.
En el ámbito de prevención, existen estrategias claras que han demostrado su eficacia:
- Hábitos de vida: una dieta rica en frutas y verduras está asociada a una menor incidencia de la enfermedad.
- Vacunación estratégica: el uso de una vacuna de virus atenuado específicamente diseñada para el herpes zóster (con una concentración muy superior a la de la varicela) puede reducir en un 51% la incidencia del zóster y en un 67% la aparición de la temida neuralgia postherpética.
La ciencia médica ve en estas vacunas una gran esperanza para el futuro, permitiendo que un proceso que antes era sinónimo de sufrimiento crónico se convierta en un cuadro mucho más manejable y menos frecuente.
Ante la aparición de cualquier síntoma de dolor localizado o lesiones cutáneas sospechosas, acudir a una Unidad del Dolor especializada es fundamental para evitar que el virus deje una huella persistente en nuestra calidad de vida.
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