Réquiem por un chavismo sin botas
Empezando por el final… Maduro ya es historia, el régimen chavista entra en una vía de (auto)desactivación y Venezuela puede volver a tener un camino a la libertad y la democracia. Como después de tres días no se para de especular sobre lo que ha pasado y sobre lo que va a pasar, es necesario poner en valor esas certezas, que hacen que, con muchas cautelas, los venezolanos de dentro y de fuera estén hoy más felices y esperanzados que el pasado viernes.
Todo lo demás son derivadas en clave internacional que plantean interrogantes con múltiples respuestas.
La primera es el significado de esta operación en el entorno geopolítico, dando pie a teorías, más o menos conspirativas, de dominación o influencia con base en intereses económicos y militares. Y seguramente que hay mucha miga detrás de esa especie de reparto del mundo; acuerdos tácitos que a los pocos que sacan la cabeza por encima de las nubes no les gusta compartir con los mortales. Porque cómo no vamos a sospechar que las retóricas protestas de Rusia y China son imposturas que exige la partida de Risk de los tres jugadores en sus respectivas zonas de influencia; y que la resignación factual a perder mucho dinero y muchos intereses en Venezuela encubre, en realidad, contrapartidas que Putin y Xi Jinping se cobrarán en Ucrania y Taiwán.
La doctrina Monroe de «América para los americanos», en su degenerada evolución de América para los norteamericanos, da una cobertura más geoestratégica que legal al intervencionismo yanqui, igual que la histórica y cultural se la da al expansionismo chino y que las apelaciones y las exigencias de seguridad son utilizadas por Putin. Pero es una evidencia que ese sometimiento de las hegemónicas potencias mundiales, y hacemos referencia con ello a una segunda derivada, es frecuente y resignadamente incompatible con la supremacía del derecho internacional.
Por supuesto que se han vulnerado tres o cuatro de los clásicos principios de derecho internacional público, pero nada que no se vea siempre que los intereses de las grandes potencias entran en juego. Solo que en el caso de Trump no se anda con remilgos, y menos ante las instituciones internacionales; ni se ha planteado la posibilidad de obtener un mandato de una ONU que, cada vez más atrofiada e inoperante, nunca ha dejado de reconocer como representante de Venezuela al ilegítimo gobierno bolivariano. A Trump le basta con apelar al derecho de los EEUU a defender sus intereses.
Otros presidentes americanos habrían procurado algún tipo de autorización de sus propias instituciones, más allá de la orden de un juez federal. Incluso habrían avisado a los lideres de las potencias amigas y aliadas; pero si algo ha demostrado el neoyorquino es que no necesita, e incluso que desprecia, a sus amigos seculares.
Un tercer interrogante se plantea respecto del futuro inmediato de Venezuela y de las desasosegadoras declaraciones de Trump y de Marco Rubio sobre la gestión colaborativa con los actuales mandatarios del país. Y a eso se une la desconsideración a María Corina Machado, que no se sabe si es para represaliarla por quedarse con un premio que Trump creía merecer o porque, y esto sí va en serio, quiere que, antes de que los venezolanos empiecen a gobernarse en democracia, le paguen en petróleo y materias primas el haberles librado del sátrapa y de la satrapía de un régimen criminal. La cosa es de tan mal gusto como la de aquel socorrista que salva de ahogarse a un bañista priorizando la recompensa que le va a pedir.
Se deben, entonces, tomar en consideración los interrogantes que plantea un Trump, siempre tan egocéntrico e interesado como errático y heterodoxo, con el que se puede o no estar de acuerdo; pero no hay que perder de vista la inevitable realidad: Maduro se va a pudrir en una cárcel federal, y respecto del chavismo se puede decir lo que Lawrence de Arabia dijo cuando llegó a El Cairo después de tomar Áqaba:
– ¿Y los turcos? – le preguntó el general Allenby. – ¿Se han ido?
– Bueno, todavía están allí. – respondió Lawrence. – ¡Pero ya no llevan botas!
Pedro Sánchez siempre se ha aupado sobre un pragmático posibilismo que le ha obligado a taparse la nariz y mirar para otro lado, ya sea pactando con delincuentes y terroristas o contemporizando con el ilegítimo gobierno de Venezuela. Por eso, resulta tan patético su ofrecimiento para mediar como cínica su apelación a la soberanía, al derecho internacional o a los derechos humanos cuando está cayendo un régimen que se ciscaba en todos ellos.
Ignacio Centenera