¿Por qué a la izquierda europea le gustan tanto los estados de alarma?
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias alcanzaron este 1 de mayo el culmen del cinismo político. Se atrevieron a darnos lecciones de lucha contra la precariedad y el desempleo, o de cómo hay que defender los derechos de los trabajadores. Lo dijeron ellos, los creadores de la mayor tasa de precariedad social del último siglo en España con las destrucción de millones de puestos de trabajo, la aparición de lo que serán las cifras de pobreza más altas de nuestra reciente historia y la indefensión de cientos de miles de familias. Pero no me sorprenden tanto las palabras de los robespierres de la política española, los campeones de Europa en fabricar bulos oficiales y especialistas en hundir países. Así es la izquierda cuando gobierna. Sus representantes generan toda la precariedad habida y por haber para luego presentarse como salvapatrias de una generación, no ya perdida como la de la anterior crisis, sino directamente ahogada.
Ahora lo que Sánchez pretende es prorrogar un estado de alarma hasta el verano o más allá porque lo que le gusta a la izquierda cuando anda sin rumbo, en lugar de dimitir e irse a su casa, es sacar la vena despótica marxista y limitar las libertades y derechos de la ciudadanía. Es muy llamativo que de los nueve países de la UE donde gobierna la izquierda, en seis se haya decretado el estado de alarma durante la crisis del Covid-19 (España, Portugal, Eslovenia, Italia, República Checa y Finlandia). Estamos hablando del 66% de gobiernos de izquierda, un porcentaje muy superior al de los países gobernados por la derecha, que en su gran mayoría no han visto necesario tener que recurrir a una vía muy cuestionable desde el punto de vista del respeto democrático y constitucional para afrontar la pandemia.
Ni Alemania, ni Grecia, ni Irlanda, ni Austria, ni Grecia, ni Croacia, ni Polonia -todos ellos en manos del centroderecha- se han visto en la necesidad de hacer uso del estado de alarma. Llama poderosamente la atención el caso de Polonia, un país vapuleado por las hordas mediáticas de la izquierda y por las ONGs del plutócrata especulador George Soros por no subirse al redil que ellos desean. Polonia le ha dado una lección en toda regla a Sánchez.
La izquierda se llena la boca hablando de su mundo ideal y maravilloso, pero en cuanto tiene la vara de mando muestra su vocación paternalista de querer todo bajo su control y tratar a la ciudadanía como a un público infantil. De los países que decretaron el estado de alarma, todos menos España y Hungría quieren prorrogarlo indefinidamente con la anuencia de la oposición y de la ciudadanía. No deja de ser llamativo que mientras en otros países de nuestro entorno, como es el caso reciente de Alemania, hay una parte de la ciudadanía que sale a la calle a protestar en contra de los confinamientos, en nuestro país la práctica totalidad de ciudadanos acepta con abnegada sumisión las medidas impuestas por el Gobierno.
El estado de alarma, como lo han demostrado la inmensa mayoría de vecinos europeos, no es necesario para la desescalada. Por ejemplo, en Eslovenia lo levantaron el 30 de abril; en lugares como Portugal lo levantarán el 3 de mayo; en Letonia, el 12 de mayo; en Bulgaria e Italia, el 13 de mayo; en Rumanía y Eslovaquia, el 15 de mayo; en la República Checa y Estonia, el 17 de mayo. Tan sólo queda por saber cuándo lo levantarán España y Hungría. Al país dirigido por Viktor Orban se le criticó mucho por su estado de alarma indefinido, muy similar al de socialistas y comunistas en España, cuando arroja un resultado mucho más positivo que España, 323 fallecidos y 33 víctimas/millón de habitantes frente a las 25.000 víctimas españolas y 531 muertos/millón de habitantes.
Por todo ello, la semana que viene cuando Sánchez vaya al Congreso a pedir la prórroga del estado de alarma debería servir dicho momento para que la oposición le muestre cómo la práctica totalidad de países de la UE han superado la pandemia sin tener que restringir derechos y libertades, sin decretos de estados de alarma, ni toques de queda. En definitiva, con más confianza en la sociedad, con una mayor fe en la responsabilidad de los individuos.
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