Resurrección

En la parroquia de San Pablo, en Zaragoza, la Virgen de la Dolorosa sale en su carroza por la tarde del Viernes Santo, para llegar a la mañana del sábado de nuevo a la iglesia. Ella, enlutada. Sus lágrimas de cristal transparentan el dolor que intenta ocultar su semblante, en la determinación con la que acepta la voluntad de Dios. Le acompaña un cortejo de mujeres que con su silencio pregonan la tragedia. Salió con el Hijo vivo, regresa con su Corazón atravesado por siete puñales y en su mano una corona de espinas.
Solo acompaña el paseo el timbre de una campanilla. La estampa genera una admiración incontenible también para los musulmanes, que no pueden evitar asomarse a los balcones para contemplar la escena. Una mujer entronada con ricos alamares es venerada, y la ciudad y la invasión se detienen a su paso.
La Dolorosa restaura el orden con su sola presencia, dejando en evidencia quién reina en España hasta en el gueto más arrasado de la ciudad, asediado por más de cinco nuevas mezquitas que han surgido al ritmo de la llegada de autobuses pateras, desembarcadas en varios hostales de peregrinos y apartamentos que un día fueron ideados para turistas con día de vuelta.
Marroquíes, somalíes, argelinos, senegaleses se unen a la procesión por unos minutos. Incluso algunos jóvenes comentan entre ellos la escena. No sé qué dicen. No les entiendo, pero su color de piel me transporta a África, donde el islam está intentando aplastar al continente con más vocaciones sacerdotales del mundo.
El yihadismo está masacrando a los hijos de esta Mujer en Nigeria, donde vive el 4% de los cristianos del mundo. ¿Lo pensarán? No lo creo. El fanatismo de su religión está asesinando en el Sahel, Somalia, Chad, Mazambique y en el norte, a pueblos enteros por creer en Cristo y en la Resurrección de la carne.
Curiosamente, me digo, ninguno de los que recalaron en este barrio son perseguidos por su credo, porque ninguno es católico. Ninguno se santigua ante la Virgen, ninguno reza un Padrenuestro ni un Ave María.
Pero el mismo efecto que causó la salida de Ella en el Viernes Santo, genera su regreso al día siguiente. Menos de 24 horas después, vuelven los musulmanes a salir a la calle a la llamada de la campanita para contemplarla. Lo que pasa después al doblar la esquina se queda reservado para nosotros. Los hijos, nietos, que recuerdan en el descenso de la Virgen a su abuela, a sus padres y su infancia. Ellos no entienden lo que significan la espada y el gancho del estandarte que lucen ese grupo de españoles.
El templo en cuestión está a varios metros por debajo de la cuota de suelo, lo que requiere la pericia atemporal de los cofrades. Sacar a la Virgen es más sencillo. Se trata de empujar la carroza por unas guías de madera que allanan el camino. Regresarla exige el cúmulo de otros ritos, como el toro ensogado.
Bajar el paso amarrándolo de los manillares es imposible. El cofrade saca de sus adentros la raza empolvada de la ciudad que prescinde del ingenio. Los varones se abren paso entre las mujeres. Entrelazan una soga como hacen los mozos con los cuernos del burel antes de soltarlo por las calles. Uno del grupo se pone delante a riesgo de ser aplastado por varios cientos de kilos si la cuadrilla no logra mantener el pulso.
Son sólo unos pocos minutos, pero la vida en San Pablo se concentra cada año en este ciclo. La resurrección del Domingo se anticipa en este rito. La parroquia de los que se fueron y los que permanecemos se reúne en esos nervios, en esa incertidumbre. En esa mirada, puesta en la soga y en las manos que sostienen a Ella, que se hace presente en su sollozo justo en el instante del descenso cuando su latido se escucha por un instante.