A Puigdemont quieren hacerle la cama

Puigdemont
Xavier Rius
  • Xavier Rius
  • Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

A Carles Puigdemont están intentando hacerle la cama. La entrevista que dio Artur Mas hace unos días a un diario catalán, Regió 7, no es baladí ni casual. «Quizás Puigdemont no es capaz de aglutinar, pero tiene que estar», afirmó. Se entendió todo.

Luego suavizaba sus palabras: «Tanto si decide seguir adelante, continuar y ser el principal referente, como si decide tener otro papel». Y recordaba que Pujol ya cedió su puesto «hace 25 años» y el mismo una década después.

«Cuando yo entendí que para continuar el proyecto soberanista debía haber un relevo, lo hice. Y ahora el presidente Puigdemont tendrá que decidir, cuando él crea, cuando toque, si hay un relevo o no», añadió.

A Mas siempre le quedaron las ganas de continuar. Se fue por presiones de la CUP, que lo envió a la «papelera de la historia». Dejó para las hemerotecas una frase misteriosa: que daba «un paso al lado». Como aquellos que permiten adelantar un coche más veloz y luego retoman la carrera.

Tiene una espina clavada. El hombre que prometía tanto ha quedado en nada. Al fin y al cabo, ganó contra pronóstico en el 2003 y luego en el 2006. Solo la alianza del PSC y Esquerra e ICV lo desbancó de la presidencia de la Generalitat.

Cuando finalmente llegó al poder tras siete años de travesía del desierto -se dice pronto-, tuvo que lidiar con la crisis y los recortes. También cometió errores. Como convocar elecciones anticipadas en el 2012: perdió doce diputados de golpe. Fue, en cierta manera, el inicio del proceso porque tuvo que echarse en manos de ERC.

Luego todavía otras: las del 2015. Las que acabarían a la postre con su carrera política. Nació la primera y última coalición entre CDC y ERC: Junts pel Sí. No confundir con Junts per Catalunya. Pero necesitaron los votos de la CUP para alcanzar la mayoría absoluta. Ahí se fue todo al garete.

En la operación está como siempre su hombre de confianza, David Madí. La última vez que comí con él, hace ya muchos años, echaba pestes precisamente de las cesiones a los antisistema. Pero, al final, siempre que puede le echa un cable.

Lo de Mas y Madí fue un flechazo cuando el primero era consejero de Economía y el segundo su jefe de gabinete. Fue a verle el presidente de la Caixa, Josep Vilarasau, que pretendía dejar una bicefalia en la entidad tras su jubilación: Isidre Fainé y Antoni Brufau.

Artur Mas se opuso porque contradecía la ley catalana de cajas. Vilarasau le puenteó y se fue a ver a Pujol. El president, no obstante, cerró filas con su consejero.

Tampoco es la primera vez que Madí sale en auxilio de Mas. En el 2015, ya puso con calzador a Jordi Sánchez en la presidencia de la ANC para intentar controlar la organización. Ambos se conocían de los tiempos de La Crida.

Los de la antigua Convergència consideran que el momento de Puigdemont ha pasado. Y que, tras la amnistía, debería dejar paso. Que ya no tiene recorrido ni gancho electoral. En parte tienen razón porque el tiempo no pasa en balde.

Lo que pasa es que el propio Artur Mas es del 56, ya ha llegado a los setenta. Y la sociedad catalana ha cambiado. Incluso sociológicamente. La prueba es el ascenso de Aliança por la inmigración.

Ni siquiera los incidentes en Rodalies han hecho reanimar el sentimiento independentista. Ninguno de los usuarios que salen por TV3 para quejarse del servicio hablan mal de España o cree que la independencia lo arreglará. También es posible que la cadena autonómica -en manos socialistas, al menos en teoría- los filtre.

En fin, que sepa Carles Puigdemont que los mismos que lo encumbraron aquel 9 de enero del 2016 ahora quieren moverle la silla. Yo estaba aquella jornada histórica en la sede de Convergencia cubriendo el acto. Actualmente es un edificio de apartamentos de megalujo.

Llegó con americana de esport, bufanda al cuello y cara de despistado. Todos los que estaban en primera fila aplaudieron aliviados: Jordi Turull, Josep Rull, Pere Macias, Xavier Trias, Josep Lluís Cleries, Àngel Colom.

Habían salvado momentáneamente el poder. O eso creyeron. Los sueldos oficiales, los cargos públicos, los asesores, las canonjías. No defenderé a Puigdemont. Aunque, en el fondo, ha sido una víctima de todos estos.

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