Presupuestos revolucionarios

Presupuestos revolucionarios

El deseo del presidente Sánchez de alargar cuanto pueda la legislatura no sólo es suyo, ni de su equipo. Es también el deseo compartido por independentistas, batasunos y extrema izquierda que saben que para seguir chantajeando al Estado necesitan de un jefe del Ejecutivo frágil, sustentado por una minoría incapaz de sacar por sí sola unos presupuestos, un presidente que pueda ser abjurado de día por Puigdemont, Torra y compañía, pero con el que conciertan toda esta puesta en escena de noche. Al empeño de defensa acérrima de los intereses compartidos, con los separatistas desafiando permanentemente la Constitución, Podemos apoyando a Sánchez para postergar la debacle anunciada por las encuestas, y con Sánchez deseoso de mantener ocupando la poltrona que las urnas no le dieron, le auguro un final desastroso como siempre ocurre en los matrimonios de conveniencia.

El ciudadano Sánchez, aquel al que se refería la vicepresidenta para justificar las incoherencias entre sus mensajes como líder de la oposición y ahora como presidente del Gobierno, enarboló la bandera de las urnas y de respetar la voluntad de la mayoría de los ciudadanos para defender la presentación y aprobación de la moción de censura, pero ahora como líder del Ejecutivo dice y hace otra cosa, pese a que unas supuestas elecciones según su chef, reconvertido ahora en pinche tras las elecciones andaluzas, José Félix Tezanos, le aportaría una pingüe victoria. Y eso tiene dos explicaciones, ambas perfectamente compatibles: o Pedro Sánchez no se cree ni media palabra de lo que el CIS dice o sabe que con el peligroso apoyo incondicional de aquellos que desean romper con el espíritu de convivencia de 1978 no necesita arremangarse la camisa. Sólo tiene que dar a sus compañeros de travesía oxígeno para no desfallecer ninguno.

Esa es la razón que explica la agenda de extrema izquierda de aquellos que desde el Gobierno siguen experimentando con España como uno de los grandes laboratorios europeos de ingeniera social. Sólo basta con ver los informativos de TVE o escuchar las noticias de la radio pública. En muchas ocasiones uno duda si ha sintonizado el telediario de una televisión de todos que debe ser rigurosa y seria en el tratamiento de la información o, por el contrario, se le ha colado en su televisor La Tuerka de Pablo Iglesias. La intencionalidad del adoctrinamiento es clara: crear un nuevo orden que rompa con nuestras instituciones surgidas hace ahora 40 años o lo que es lo mismo, una revolución. Por ello, radicales e independentistas tienen en Sánchez el perfil ideal para acometer su agenda transformadora.

Las revoluciones suelen ser violentas, pero pueden no serlo. En 1931 la llegada de la Segunda República constituyó una revolución que le dio la vuelta a nuestro sistema institucional y que por la generosidad de Alfonso XIII no hubo que lamentar el derramamiento de sangre que sí terminó por llegar cinco años después. Recientemente Quim Torra trató de comparar el caso de Eslovenia con el de Cataluña. A una gran parte de la opinión pública le pareció una barbaridad, pero a otra, especialmente en la región catalana, le sigue pareciendo una posibilidad. El proceso revolucionario que anhelan los independentistas sigue pendiente, por lo que muy ingenuos son quienes a fecha de hoy aseguran que los Presupuestos del Estado presentados por el gobierno de Sánchez no van a salir, por mucha teatralización que se quiera añadir. Forma parte de la hoja de ruta.

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