Perdón, pero a mí Rubalcaba no me gustaba

Perdón, pero a mí Rubalcaba no me gustaba

Si Alfredo Pérez Rubalcaba siguiera vivo, todos lo recordaríamos como el protagonista de uno de los más vergonzosos episodios de la democracia española. En la noche del 13 de marzo de 2004, en plena jornada de reflexión de las elecciones generales que se celebraron al día siguiente, el diputado socialista compareció ante los medios de comunicación y pronunció la frase por la que le juzgará la historia: «Los ciudadanos españoles se merecen un gobierno que no les mienta». Apenas habían pasado 48 horas del terrible atentado en el que perdieron la vida 193 personas en varios trenes de Cercanías de Madrid y con sus cuerpos aún calientes, Rubalcaba utilizaba su sangre delante de las cámaras de televisión para llenar las urnas de miedo, odio y venganza. En la España que soñamos, los políticos de todos los partidos se habrían unido haciendo frente común contra unos terroristas que pretendían influir en el resultado electoral. En la España que tenemos, el socialista Rubalcaba utilizó las bombas para entregar el Gobierno al PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero.

Si Rubalcaba no hubiera muerto a nadie se le habría olvidado que, como pago a su vergonzosa actuación de aquella noche, Zapatero lo nombró portavoz del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados hasta que en abril de 2006 lo ascendió a Ministro del Interior. Cargo que ocupaba cuando se produjo el «chivatazo» del bar Faisán. Joseba Elosua, dueño de dicho bar desde el que presuntamente se dirigía una red de extorsión de ETA, fue advertido por el inspector de policía José María Ballesteros y el jefe superior de policía del País Vasco Enrique Pamies, de que se iba a producir una redada. Se publicaron actas incautadas a ETA en las que los terroristas afirman que el Gobierno de Zapatero y Rubalcaba les informó de que aquel chivatazo había sido una decisión política con la que se intentó evitar las detenciones.

Si Rubalcaba siguiera entre nosotros habría que echarle en cara que él fue el Secretario de Estado de Educación que pergeñó la LOGSE de tan nefastas consecuencias. No podríamos olvidarnos de que ocupó la Portavocía del Gobierno en la etapa en la que el PSOE de Felipe González se hundió, aplastado por la contundencia de los escándalos de los GAL, de los papeles del Cesid, de la corrupción de Filesa, o de la fuga de Roldán. Rubalcaba se oponía a todas las evidencias mintiendo impunemente en cada rueda de prensa, en las que lo mismo negaba la existencia de los GAL, que anunciaba la falsa detención del ex director general de la Guardia Civil, en Laos. El comando Rubalcaba era un equipo de periodistas encargados de intoxicar, censurar, teledirigir y crear atmósferas político-informativas que paliasen los delitos y escándalos de la época felipista, según lo describió Julio Anguita.

Pero lamentablemente Rubalcaba ya no está entre nosotros y como él mismo dijo hace unos años: «Los españoles enterramos muy bien». Así que con toda una biografía plagada de fechorías, el socialista ha sido incinerado como un gran hombre de Estado y hasta honrado por un Pedro Sánchez que le había retirado la palabra por haberse posicionado en contra de sus pactos con golpistas y chavistas. Tanto la prensa de izquierdas como la de derechas, al rebufo de los líderes de todos los partidos excepto VOX, han echado toneladas de flores sobre su ataúd. Y yo me acuerdo de que «los ciudadanos españoles se merecen un gobierno que no les mienta» y me despido de él con una frase de Voltaire: “A los vivos les debemos respeto pero a los muertos solo les debemos la verdad”.

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