Otoño de una nación

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  • Carlos García-Mateo

Hace un día de octubre magnífico. La imperturbable cadencia del verso otoñal trae un fresco húmedo que saca a los paraguas de su letargo en los recibidores de las casas y hace a los hombres volver a las chaquetas de paño. Los pies se cubren de otras pieles, descansan sobre suelas hechas para renovadas aventuras, más firmes y oscuras, dejado atrás el siempre indomesticado verano. Los hombres son de común más proclives a la salvación en la Tierra, a levantar monumentos de barro, que sus pares las mujeres. Dados ellos a ambiciones de barra, mantel y vidrio, de carne y amistad, me parecen incapaces, por pereza y salud, de sacar sus secretos al campo de las batallas domésticas, no digamos públicas. También debido a la sensualidad, a la idea de venus que no les abandona en vida. Son, así, fácilmente vencibles. De ahí esta arena que se escapa entre los dedos, esta figura masculina disolviéndose entre la censura y el puritanismo del nuevo feminismo.

Tras el balcón, en un paseo salpicado de veladores, los empedernidos beben y charlan bajo el cielo gris, ajustándose a las nuevas palabras, el léxico reinante de la pandemia. Mascarilla, gel hidroalcohólico, asintomático, distancia. Si alguien se permite una breve licencia en la conversación, un comentario que salga de la dialéctica virus-política nacional, se ve en seguida reconducido a la corrección de la única actualidad. Tal es el estado deprimente de las cosas: decir algo banal, no digamos alegre o voluptuoso, condena al confinamiento en los territorios de la estricta intimidad. Se diría que el deseo está siendo aplastado como se aplastaba en las férreas dictaduras ya imaginadas por Orwell, a partir de su somatización en el propio individuo, en las masas vencedoras al fin.

En un orden típicamente posmoderno, los flujos intelectuales dominantes y la propaganda soez llevan a cabo una cruzada incoherente. Por un lado, apelan a la ciencia y, por otro, dejan de lado cualquier raciocinio (o sentido común) para someternos con cháchara ideológica. Supongo que apelar a la ciencia es tan solo disimular, entretener a los ciudadanos (si los hubiera) mientras el nuevo régimen va construyendo sus cimientos. En cualquier caso, me parece a mí que casi nadie tiene el más mínimo interés en interiorizar el relato científico (no digamos una de sus ramificaciones, el marxismo) y defenderlo. Resulta, a la par que masoquista, funesto. Todas esas informaciones, más o menos profundas, que jalonan el conocimiento sobre una cuestión y su porqué, son contrarias al tesoro de la fe. Incluso refractario al tesoro de la imaginación, capacidad humana de incalculable valor si se ejercita. Y en el siglo joven, púber en todas sus manifestaciones culturales, la gente anda buscando la fe en algo, aunque sea chatarra pintada de nuevo.

Ha dejado de llover. Me he puesto una gabardina Aquascutum, thatcheriana, para bajar a un velador. Me atiende Julio, cumplidor de aquel secular precepto del gallego en tierras lejanas, acento y socarronería. “A ver si poco a poco volvemos a lo de antes”, dice mientras sirve la mesa. Y en aquel rostro surcado por la vida veo algo terrible, el tipo de elemento que arrastra consigo un mundo: cuando pensemos en volver “a lo de antes”, descubriremos que ya no existe ni tiene posibilidades de existir. Será recuerdo del ayer, hecho jirones, habitante de la melancolía. “La memoria es la criba de nuestra inteligencia, que es la criba de nuestra sensibilidad”, dejó escrito Jesús Pardo.

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