No es una regularización, es un pucherazo en diferido
En la época en la que a los dictadores se les llamaba «dictadores», estos jefes de Estado despóticos amañaban las elecciones vía pucherazo puro y duro o, simplemente, negando el derecho de voto a los disidentes o a los sospechosos de disidencia. Como quiera que hoy día ejercer de tirano tiene mala prensa, los practicantes de esta repugnante forma de hacer política se hacen llamar «autócratas» y no niegan el sufragio a nadie, simplemente optan por los robos electorales encubiertos, prácticamente sin que te enteres. No cogen una urna y la inundan de papeletas propias sino que más bien preparan el terreno para las próximas citas electorales alterando el censo, que es como modificar el reglamento de fútbol 24 horas antes de la final de un Mundial.
Esto último es exactamente lo que ha hecho un Pedro Sánchez que técnicamente es un autócrata y que gracias a Dios aún no nos ha transportado a Venezuela porque de momento continuamos en la Unión Europea. La regularización de entre 500.000 y 800.000 inmigrantes ilegales, han dado tantas cifras que no sé ya con cuál quedarme aunque creo que esta última es la más fiable, va en esa línea de modificar el mapa electoral a las bravas introduciendo de matute actores que ni estaban, ni se les esperaba ni por supuesto jamás deberían estar.
Un ilegal es, para empezar, una persona que ha infringido la Ley de Extranjería y a la que hay que meter en un avión y mandarla de vuelta a su país. Lo que está haciendo Trump pero pacíficamente y lo que van a tener que llevar a cabo todos los gobiernos de Occidente si no quieren que el vendaval de protesta popular se los lleve por delante. La gente está harta de que extranjeros que entraron sin papeles posean más derechos sociales y paguitas que los que llevan tributando en España toda su puñetera vida, que les impongan sus normas medievales en los barrios en los que viven desde que eran niños o que no puedan pasear tranquilamente por la calle por temor a que les peguen un tirón o agredan sexualmente a sus hijas. Esto no es xenofobia, son esas cuentas que desmienten en vano los cuentos de la izquierda: los extranjeros representan el 14% de la población residente en España pero son el 33% de la carcelaria y cometen el 40% de las violaciones, el 53% de los asesinatos de mujeres, amén del 50% de los homicidios y los robos.
Ochocientas mil papeletas nuevas acabarán decidiendo unas generales más pronto que tarde
Lo más curioso de todo es que el marido de Begoña Gómez ha anunciado esta medida de la manita de sus hace no tanto enemigos de Podemos, el partido de ese par de delincuentes llamados Pablo e Irena. Medida que además de alterar la dinámica electoral a medio-largo plazo, representa un tongo de tres pares de narices que provocaría vergüenza ajena al mismísimo Negreira. Ochocientas mil papeletas nuevas acabarán decidiendo unas generales más pronto que tarde. En los comicios del 2023 la diferencia de sufragios entre el bloque de izquierdas y el de derechas fue de poco más de 800.000 si no incluimos a Junts. Purita matemática electoral. Que Sánchez robó su tesis electoral pero no es tonto.
Y, para colmo, hacerla efectiva sin pasar por el Parlamento es dudosamente legal aunque ya se sabe la afición que tiene nuestro presidente a pasarse el corpus normativo por la entrepierna echando mano del Derecho alternativo. Nada nuevo bajo el sol, este sujeto es el que cerró el Parlamento en plena pandemia, el que decretó dos estados de alarma ilegales, el que pactó con ETA y los protagonistas del 1-O para llegar bastardamente al poder y el que sigue ahí en el machito pese a tener a su mujer pentaimputada, a su hermano biprocesado, a su primer número 2 en Soto del Real y al otro recién salidito del hotel rejas.
Resulta una perogrullada insultante recordar el elemental hecho de que cuando tú garantizas la residencia en un Estado a un ilegal lo normal es que te acabe votando
El Gobierno se ha apresurado a subrayar por activa y por pasiva que sus 800.000 ilegales no podrán votar en las generales. Cierto es que en las próximas no, salvo que se saquen de la manga otro tocomocho, pero muchos de ellos sí podrán hacerlo en las siguientes. Para emitir el sufragio al Congreso de los Diputados y al Senado es condición sine qua non estar en posesión de la nacionalidad española. Muchas de estas 800.000 personas podrán introducir la papeleta al Parlamento a partir de 2028. Desde los nacionales de países iberoamericanos, los filipinos, los portugueses, los andorranos y los ecuatoguineanos, a los que se exigen dos años de estancia para tener derecho al pasaporte, pasando por el añito de todos aquellos casados con españoles o que cuenten con padre, madre o abuelos rojigualdas.
La bomba de relojería social está servida porque en 10 años como máximo la totalidad de los 800.000 beneficiados por la regularización del autócrata tendrán en sus manos el destino de nuestro país con un arma tan efectiva como es el voto. Y podrán alterar mayorías con la misma facilidad con la que el feriante corta churros. Y resulta una perogrullada insultante recordar el elemental hecho de que cuando tú garantizas la residencia en un Estado a un ilegal lo normal es que te acabe votando por aquello de que de bien nacidos es ser agradecidos.
Los cubanos a los que acogió Estados Unidos tras el golpe de Estado de ese pedazo de asesino que era Fidel Castro votaron siempre republicano por el mero hecho de que fue un presidente de este partido, Dwight D. Eisenhower, el que les acogió tras salir por patas de Cuba la Nochevieja de 1959. Y también, todo hay que decirlo, porque unos ciudadanos que han huido del comunismo es normal que opten electoralmente por el partido que más y mejor ha combatido esta ideología diabólica. Pocas cosas hay más fieles en la vida que un votante si te portas bien con él.
Se repite la historia porque en esto de robar elecciones los zurdos acumulan notable autoridad
No podemos ni debemos tomarnos a beneficio de inventario la nueva machadita que anunció el autócrata el martes. En contra de lo que nos quieren vender, no es un gesto de humanidad con unos pobres infelices que se jugaron la vida en una patera para poner tierra de por medio con el hambre. No. A un desalmado como Sánchez estos infelices le importan un comino, es más, si los ve les estrechará la mano para acto seguido lavársela con gel hidroalcohólico como ya hizo en el pasado con personas de color como si le dieran asco. Quiere resolver o, al menos, paliar la brutal sangría de votos que están padeciendo PSOE, Sumar y Podemos y que les deja a 45 escaños de la mayoría absoluta mientras la combinación de PP y Vox está sólidamente instalada en los 190.
Es un pucherazo en diferido pero algo más, un golpe de Estado. ¿Cómo denominamos un fenómeno que altera la igualdad de condiciones que debe primar entre todos y cada uno de los contendientes electorales y que acabará haciendo saltar por los aires el censo? Por no hablar de esos descendientes de republicanos residentes en Iberoamérica a los que se está concediendo directamente la nacionalidad y, por tanto, el sufragio. El calibre de esta otra cacicada constituye un misterio mayor que el de los agujeros negros, más que nada porque se lleva en el mayor de los secretos, pero una cosa está clara: entre unas cosas y otras el cuerpo electoral ya nada tendrá que ver en la próxima década.
Se repite la historia porque en esto de robar elecciones los zurdos acumulan notable autoridad: fue el PSOE el que de la mano de sus socios independentistas y comunistas sisó las municipales de 1931 y el que afanó 50 escaños para apartar a la derecha de la gobernabilidad de España en 1936 con las consecuencias por todos conocidas. E igualmente el que en las municipales de 2023 protagonizó varios pucherazos por todo el Sureste español que indignarían a ese Maduro que quemaba los votos ajenos para colar en las urnas papeletas chavistas. Sin olvidar que el voto por correo se disparó en las generales de julio de 2023 y que, según todos los indicios, se expresó en dirección diametralmente opuesta a la de dos meses antes en las municipales y autonómicas. Pues eso, que como no espabilemos, el marido de Bego nos robará definitivamente la democracia. Ya lo avisó Ayuso hace meses: «Sánchez se resistirá a dejar el poder… si es que lo deja». Cuidadín porque la presidenta madrileña normalmente no suele fallar en sus augurios.