Moral a la carta

Moral a la carta
  • Clara Zamora

Cabalgando a lomos de la ironía, que es mi clave de sol, voy a acercarme al desventurado más ególatra del país riéndome seriamente de él. He leído más de una vez que las únicas mentiras lícitas pertenecen al ámbito de la literatura; podríamos extenderlo a la generalidad de las artes. En las tribunas de opinión, se puede una permitir ciertas licencias artísticas, como vengo haciendo sin el más mínimo sentido del ridículo en este espacio semanal. Como decía la rubia Monroe, más vale pecar de ridícula que de aburrida. Con ese espíritu, voy a esbozar esta crítica a la integridad del presidente, así como a su director de orquesta. La imaginación es algo muy serio, como sabe Redondo, y tiene que ser muy genuina para que sea eficaz.

Reiterar lo que ya se ha dicho por activa y por pasiva, lo de las continuas mentiras, la carencia de escrúpulos, patatín, patatán es volver a reparar en el mismo ángulo oscuro, intentando dar sentido a la cadena espasmódica y arbitraria de despropósitos que estamos padeciendo. Para intentar esclarecer la inutilidad de seguir pretendiendo comprender los espasmos de esta bestia bajo ese prisma, abordaré aquí la clave de la moralidad que subyace en la avariciosa maldad que dirige la totalidad de su incomprensible comportamiento. Hay que partir eliminando los prejuicios clásicos de paraíso/infierno, luces/tinieblas, santo/pecador. El secreto, lo afirmo porque lo vengo analizando desde hace tiempo, es la comprensión del reino de la moral como un lugar para las virtudes perfectas e imperfectas. Tiene esto muchísimo arte en su concepción. A ver si sé explicarme.

La bestia Sánchez no se rige por los mismos parámetros morales que la gente normal. Hasta aquí, sólo he dicho obviedades. La distinción de este individuo se genera por la aceptación del reino de las virtudes imperfectas, precisamente por el valor de las ideas que éste conlleva y que depende, sobre todo, del qué quiero conseguir. Olvídense del juicio moral bajo la forma clásica del veredicto judicial: culpable o inocente. Si se trata de él, siempre habrá inocencia porque sus virtudes imperfectas son reconvertidas por el lacayo Redondo para aparecer como atalaya de la perfección. La bestia fantasmagórica que se esconde detrás del presidente se siente inmune a ser transformado en atisbos de moralidad clásica.

El pacto PSOE-BILDU es el claro paradigma de lo expuesto. Insatisfecha, su maldad se resiste a abandonar la fantasía de seguir ascendiendo hasta impugnar todas las medidas legislativas. Imagínense a un oncólogo o a un jurista con una moralidad como la de este hombre ensangrentado, ¡vaya universo para Dante! “La verdad- decía A. Machado- es la verdad dígala Agamenón o su porquero”. Para la bestia, la ley de todos es una tormenta de soplones. Su ley verdadera es él mismo.

Este escurridizo tobogán especulativo por el que me atrevo a deslizarme concluye con la aseveración de que tanta crítica en su contra y provocación en forma de debates, réplicas y plumas ensangrentadas no van a servir para absolutamente nada. Este salvaje no tiene límite. Su presidencia está siendo una especie de ópera bufa, ni siquiera mi ironía emergente ha sido capaz de levantarle el disfraz. Avivado por la capacidad de su lacayo, la fantasía se está convirtiendo en delirio, entendida por los protagonistas como virtud. Insisto en que esto tiene su arte. El pronóstico es terrible. El desenlace, como estamos padeciendo, es la aceptación general de su infame lagrimea, porque las diabólicas ilusiones se le van pudriendo y necesita renovarlas continuamente. Su enrevesado caminar no hace más que constatar la tesis de este escrito, que no es otra que poner de manifiesto que hay determinados ángulos de la moral a los que no se accede con la experiencia, sino con la imaginación. Una bestia fruto del arbitrio.

Lo último en Opinión

Últimas noticias