Mónica García: de la traición médica al mitin madrileño

Mónica García: de la traición médica al mitin madrileño
Diego Buenosvinos

Hay ministros que pasan por la política como un catarro leve: molestan unos días, congestionan el ambiente y luego desaparecen, dejando apenas un pañuelo usado en la papelera de la historia. Y hay otros que, con pretensiones de cirujano mayor del Reino, terminan practicando una medicina literaria: mucho diagnóstico grandilocuente y poca sutura eficaz.

La ministra de Sanidad, Mónica García —que un día fue médico y hoy parece más personaje—, ha decidido volver al tablero político madrileño como quien regresa a una novela que nunca terminó de escribir. Lo curioso no es el regreso, sino el momento: mientras los quirófanos cuentan intervenciones y los sindicatos cuentan agravios, pero ella a lo suyo, a contar relatos. Y es que ha anunciado la ministra de las seis huelgas generales de médicos –con la de la próxima semana, entera– que quiere ser contrincante de Isabel Díaz Ayuso y, lo peor, quiere quitarle la mayoría absoluta, ella sola. Dios coja confesados a los madrileños, con una comunidad que va económicamente, socialmente y sanitariamente como un tiro.

Porque la política sanitaria española se ha convertido, bajo su batuta, en una especie de tratado de patología narrativa. Ahí están los médicos, convertidos en personajes secundarios de una novela que no han querido protagonizar, rechazando borradores del Estatuto Marco –reforma laboral– con palabras que suenan más a diagnóstico que a protesta: «chapuza», «barbaridad», «inviable»… Casi un parte clínico.

Las huelgas —ya recurrentes, casi estacionales— recuerdan a esas enfermedades crónicas mal tratadas: brotan, remiten, vuelven con más fuerza, es decir, una semana al mes por su traición a los médicos. Y mientras tanto, la negociación se suspende, se aplaza, se enfría… envía mediadores para más inri, como si el sistema sanitario fuera un paciente en observación permanente al que nadie termina de dar el alta ni el tratamiento adecuado.

Prometió colaborar para reducir listas de espera, ese gran síntoma de la sanidad española, pero la percepción —siempre tan clínica en política— sigue siendo de demora estructural, salvo en Madrid, que, para su condena, tiene los datos más bajos de España. Prometió humanizar las condiciones de los médicos, pero los propios médicos parecen haber perdido la paciencia antes que las guardias de 24 horas.

Y luego está la ideología, que en sanidad debería ser como la sal en la dieta: la justa. Sin embargo, aquí se ha convertido en plato principal. La batalla contra la colaboración público-privada se presenta como cruzada moral, mientras gestores y profesionales se preguntan si no sería más útil una medicina menos épica y más pragmática. Porque los datos y estudios, miren ustedes por dónde, dicen que es vital para el mantenimiento de la red sanitaria en España.

En el Senado, la reprobación a la ministra de Sanidad, Mónica García, fue casi una autopsia política en vida: no mata, pero deja diagnóstico. Y en las comunidades autónomas, incluso entre colegas de bata, el malestar ha adquirido ese tono agrio que tienen las traiciones percibidas, reales o no, que en política pesan más que cualquier dato.

Porque al final, la política sanitaria no va de discursos, sino de pulso arterial: el del paciente, el del médico, el del sistema. Y da la impresión de que la ministra ha estado más pendiente del relato que del latido.

Ahora quiere volver a Madrid a cerrar el círculo, reabrir la herida o quizá escribir el capítulo que cree que le deben. Pero convendría recordar algo que la literatura médica enseña desde Hipócrates: antes de intervenir, hay que escuchar al paciente, y los pacientes en la Comunidad de Madrid no la quieren. No la quisieron cuando se dio de baja al menos seis meses en pandemia; se fue a su casa, en resumen. Así es que cómo habla de residencias si no las pisó en la peor época. Ella podía cono médico.

Pero lo peor, y viene ahora por tercera vez a pedir el voto a los madrileños, es que durante ese periodo se generó una gran controversia porque percibió su sueldo como diputada de Más Madrid en la Asamblea de Madrid. En febrero de 2021, se informó que tuvo que devolver alrededor de 13.000 euros al haber cobrado de forma indebida el complemento de exclusividad mientras permanecía de baja médica. Pero en este gobierno de muchos partidos entremezclados, parece que cobrar de forma indebida, ser ministro y candidato a la Comunidad de Madrid es indiferente. Evidentemente, con lo que tiene Sánchez a su alrededor, eso son migajas, claro.

Pero vayamos más allá. En el debe de esta ministra de Sanidad figuran cuestiones como el fracaso del Estatuto Marco de los médicos; un enfoque ideológico de la gestión sanitaria; el cuestionamiento de la colaboración público-privada; el déficit de médicos y las carencias en el sistema MIR que este año ha sido gordo; el aumento de los problemas de salud mental y la escasez de profesionales en este ámbito; así como ser uno de los países de Europa con menor compra de tratamientos nuevos contra el cáncer (58%) y otras patologías.

A ello se suma la casi imposición futura de Fernando Simón al frente del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, en un contexto todavía marcado por la polémica gestión de la pandemia covid, incluida la controversia sobre el llamado comité de expertos, que no era tal; recuerden, finalmente eran tres: Simón, Sánchez e Illa. Todo ello dibuja un panorama que muchos consideran reflejo de una política sanitaria errática y profundamente cuestionada.

Además, en este análisis político surge otra disonancia: su candidatura para 2027. ¿Dan por perdidas ya las elecciones nacionales? ¿Se prepara un adelanto electoral? o, simplemente, los ministros de Sánchez han comenzado a reubicarse con antelación.

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