Moción de censura: la bobada de unos listillos

Moción de censura
Moción de censura: la bobada de unos listillos
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En los cuarteles antiguos, no creo que también en los de ahora porque la milicia ha perdido mucho de su liturgia, se solía brindar en un acontecimiento con este grito coreado al unísono por los presentes: «¿Hay motivo?»,y todos respondían sin ambages: «Hay motivo». Traigo este recuerdo, ciertamente forzado, para afirmar taxativamente que, en efecto, Sí hay motivo para una moción de censura contra el todavía presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Es tal el cúmulo de fechorías, de barrabasadas ilegales, de agresiones anticonstitucionales, de persecución a las buenas costumbres, de la anoxia que rezuman todas sus iniciativas, y, desde luego, de los asaltos a todas las instituciones del Estado (del Rey abajo no queda una sin ajar), que, por tanto, un recurso como el que recoge el Artículo 113 de nuestra norma suprema puede estar perfectamente justificado. Es, en resumen, una martingala legítima y razonable que, sin embargo, y a juicio de este cronista, no encierra ahora mismo adecuación. ¿Por qué? Pues por todos estos argumentos que me dispongo a enumerar:

Primero, porque la moción, según recoge la propia Constitución, es «constructiva», no «destructiva», como pretenden los propaladores de la especie, básicamente Ciudadanos y Vox. Ello supone que el presentador está obligado a exponer un programa de Gobierno confrontado con el del presidente hipotéticamente censurado.

Segundo, porque, díganme en consecuencia: ¿Podrían concordar ahora mismo, a sólo once meses de unas elecciones generales, los partidos de la derecha extrema y del supuesto centro, un plan de Gobierno que pudiera asumir sin rechazo alguno el protagonista de la censura, o sea, Alberto Núñez Feijóo? ¿No tiene proclamado Ciudadanos que con Vox ni a recoger una herencia?

Tercero. Aún, si este requisito se diera, que no se puede dar, los números parlamentarios: 88 escaños del PP, 53 de Vox, 9 de Ciudadanos y tres quizá del Grupo Mixto, no sumarían apenas 153 votos, muchos menos que los que representa la facción Frankenstein, desde los 120 del PSOE, pasando por los 32 de Podemos, y de todos los adosados que apoyan ahora mismo, por estricto interés partidista, al aún presidente. ¿Cabe en esta situación una censura que sería estrepitosamente derrotada? Sólo se le puede ocurrir a los muñidores de la opción. ¿Y eso? Se preguntarán. Pues vamos a ello.

Cuatro, porque el motivo inconfeso de los propagandistas de la moción es, por encima de su necesidad, el interés por colocar al Partido Popular y básicamente a su líder, Núñez Feijóo, en el brete, como dice sin cortarse un pelo un diputado de Vox: «… de que se moje». Para ese menester y, encima, para aparecer brutalmente como perdedor apenas terminado el recuento de votos. Ni Abascal ni Arrimadas poseen la menor intención de propulsar a Feijóo y al PP a La Moncloa; es más, como hace años reconocía Rivera y ahora confiesan sin esconderse los ambiciosos muchachos y muchachas de VOX: «No estamos para completar al PP, sino para sustituirlo». La bobada de estos listillos no tienen recorrido alguno.

Quinto. En todo caso, hace tiempo que un antiguo político, primero de la extinta (y añorada UCD) y después del Partido Popular, Pío Cabanillas Gallas sostenía: «Las mociones de censura no se anuncian, se presentan de sopetón». Pues bien: la que ahora se predica está más advertida que el Real Madrid.

Sexto. Queda claro que la moción aprovecharía nada al PP, bastante a sus fugaces y aprovechados compañeros de cama, pero sobre todo al Gobierno, al PSOE y desde luego, al desahogado presidente, que encontraría una ocasión de oro para horadar el programa alternativo del candidato y más aún, para confrontar su abrumadora mayoría llena, eso sí, de independentistas y filoterroristas, con la menguada que pudiera conseguir el aspirante Feijóo.

Séptimo. Los promotores de la moción recurren al ejemplo y al recuerdo de la que Felipe González espetó, para sorpresa de propios (sólo conocían sus términos Alfonso Guerra y Gregorio Peces Barba) el 28 de mayo de 1980. Los que rememoran ese momento para acuciarle al PP actual, ignoran -en realidad son históricamente bastante analfabetos- que González contaba ya en ese momento con la desafección de una gran parte del Grupo Parlamentario de UCD, con los socialdemócratas, siempre traidores de Fernández Ordóñez, y con los volubles democristianos de Óscar Alzaga y compañía. Votaron en contra, pero bien dejaron claro que ya no reconocían a Adolfo Suárez como su jefe político indiscutible.

Octavo. Los animadores del momento ignoran el clima en que se produjo aquella moción con un partido en práctica desaparición, la UCD, movimientos militares que Suárez parecía incapaz de ahogar, y una inquietud general de protesta y algarada en el país que entonces era perfectamente visible y que ahora brilla por su ausencia. Aquí prima la cesta de la compra, antaño primaba el desencanto por el sistema y el complicado asentamiento de la democracia que el propio Suárez no podía garantizar.

Noveno. «Del enemigo, el consejo», reza un veterano adagio popular, pero a algunos amigos, en ningún caso, es lo que se puede añadir en este momento. Porque es curiosa la coincidencia en la exigencia de la censura que mantienen los partidos citados y algunos medios que teóricamente son reconocidos como de centroderecha. ¿Cuál es el motivo de este alineamiento con los promotores? Dejo la contestación en boca de uno de los directivos del PP más cercanos a Feijóo: «Están dolidos (los medios) con él porque o no hacen lo que ellos quieren o no le ofrecen el trato diferencial y preferente que continuamente le están demandando». No son desde luego oenegés.

Y décimo. Y dicho con cordialidad y también con imprescindible crudeza, a Feijóo le falta un hervor cómo líder opcional al desastre felón de Sánchez. El martes, sin embargo, en el Senado subió unos decibelios el sonido de su oposición. Bien. Él mismo ha recaído, según confesiones al cronista, que la Plaza de las Cortes de Madrid no guarda parecido alguno con la bellísima del Obradoiro. Necesita asentarse del todo y, además, contemplar cómo sus hipotéticos socios de la derecha extrema y del agónico centro, se van desmadejando a medida que se comprueba su inanidad. El momento de Feijóo, la censura al felón Sánchez se dará el próximo 28 de mayo, fecha de las elecciones municipales y autonómicas. Ahí se desatará el definitivo ocaso del gobernante más miserable de la Historia reciente de España.

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