Javier Cremades advierte sobre la muerte silenciosa del Estado de Derecho
Las democracias no suelen derrumbarse con estrépito. Rara vez caen entre grandes proclamaciones o rupturas abruptas. Lo hacen en silencio, cuando los límites se vuelven difusos y la ley empieza a obedecer. Sobre el Imperio de la ley, de Javier Cremades (Editorial Galaxia Gutenberg), se sitúa precisamente en ese punto delicado: cuando las instituciones siguen en pie, pero algo esencial comienza a fallar.
Jurista de reconocido prestigio, Cremades, sostiene una idea tan sencilla como incómoda: una democracia no se mide por el número de leyes que aprueba, sino por la capacidad real del poder para someterse a ellas. No se trata de una discusión técnica ni académica, sino de una cuestión profundamente política, en el sentido más noble del término. Allí donde el poder deja de aceptar límites jurídicos efectivos, la democracia empieza a vaciarse desde dentro.
El problema de nuestro tiempo rara vez es la quiebra abierta del Derecho. Lo que avanza, con mayor eficacia, es algo más discreto: su utilización estratégica. La ley deja de ser frontera para convertirse en instrumento. Ya no frena al poder; lo acompaña, lo reviste y lo legitima. De este modo, el Estado de Derecho puede erosionarse sin necesidad de ser formalmente abolido ni cuestionado en sus principios.
El libro ofrece ejemplos elocuentes de esta deriva. Venezuela es uno de ellos. Allí, la instrumentalización progresiva del ordenamiento jurídico ha permitido sostener una apariencia de normalidad institucional incluso en contextos de deterioro extremo. Detenciones, resoluciones judiciales y anuncios de normalización se suceden sin aportar certezas, mostrando hasta qué punto la ley puede dejar de ser una garantía para convertirse en parte del relato del poder.
Desde una perspectiva constitucional, el riesgo es evidente. La Constitución no es un programa político ni un catálogo de aspiraciones, sino un sistema de frenos. Está diseñada para contener al poder, no para facilitarle el camino. Cuando se la interpreta como un marco flexible al servicio de mayorías coyunturales, deja de cumplir su función esencial y pierde su capacidad protectora.
Uno de los ejes más relevantes de Sobre el Imperio de la ley es la independencia judicial. Ésta, no suele desaparecer de golpe ni mediante decisiones espectaculares. Se erosiona lentamente, casi sin ruido: desacreditando al juez incómodo, convirtiendo cada resolución impopular en sospecha, o sometiendo a los órganos de control a una presión constante y normalizada.
Nada de ello elimina formalmente al Poder Judicial, pero sí condiciona su ejercicio real. Democracias occidentales consolidadas han conocido ya este proceso: jueces señalados públicamente y tribunales leídos en clave de adhesión o traición política. Cuando el juez conserva el cargo, pero pierde la libertad para decidir, el daño institucional ya está hecho.
El Derecho, recuerda Cremades, no se reduce a la mera existencia de normas. Importa, y mucho, cómo se aplican. Una sociedad no es más justa por acumular leyes, sino porque esas leyes sirven para limitar el poder y proteger efectivamente a los ciudadanos. Cuando la norma se aplica de forma selectiva, cuando la excepción se convierte en costumbre y los privilegios dejan de escandalizar, la igualdad ante la ley se vacía de contenido.
Cremades advierte además que el populismo no es solo un fenómeno político, sino también jurídico. Allí donde la ley se presenta como un obstáculo frente a una supuesta voluntad popular inmediata, se niega su función esencial como límite. Un poder que no acepta restricciones jurídicas puede conservar mecanismos electorales, pero deja de ser plenamente democrático.
La seguridad jurídica aparece, así como lo que realmente es: una condición básica de la libertad. Cuando las reglas cambian al ritmo de las necesidades del poder, el ciudadano deja de ser titular de derechos exigibles para convertirse en destinatario de decisiones discrecionales. No se trata de una disputa ideológica, sino de una cuestión estructural que afecta al núcleo mismo del Estado de Derecho.
La lectura no es un tratado académico ni un texto escrito al calor de la actualidad. Es una advertencia clara. La democracia rara vez cae de golpe; se desgasta poco a poco, cuando se relativiza la separación de poderes, cuando la excepción se normaliza y cuando la ley deja de ser la que manda.
Cerrar Sobre el Imperio de la ley no deja una certeza, sino una inquietud. No anuncia un colapso inmediato ni una ruptura visible, sino algo más difícil de combatir: la normalización de la excepción y la costumbre de mirar hacia otro lado. Cuando la ley conserva su lenguaje, pero pierde su fuerza, la democracia sigue en pie solo en apariencia. Y entonces la pregunta ya no es jurídica, sino cívica: cuánto estamos dispuestos a aceptar antes de que el imperio de la ley deje de serlo.