Al fascismo independentista no le gusta Filmin
En Cataluña sólo debe haber una voz y un relato. Ya lo decía Pujol: «Un sol poble». Y resultó peor de cómo sonaba. Los independentistas (y ahí se incluyen todos: nacionalistas, independentistas o aquellos simplemente «catalanistas» porque, durante el procés, dieron por saco igual) siempre denuncian el «inmovilismo del estado español». Pero ellos no se han movido del mismo delirio en más de 100 años. Dicen exactamente lo mismo que sus bisabuelos en la infausta II República. Y eso que ya han comprobado (en nuestras carnes, básicamente) que más de la mitad de la población no quiere la independencia, que Europa tampoco les apoya y que sólo con sugerirla ya salen por piernas tanto bancos como empresas fuera de Cataluña. Pero, ¡qué le vamos a hacer!, cientos de miles de catalanes viven de la mentira (además, estupendamente), y, de tanto en tanto, hay que echarle leña al fuego (fatuo).
La sede de Filmin, la plataforma de streaming especializada en cine independiente fundada en Barcelona en 2007, amaneció vandalizada este lunes pasado con una pintada que la acusaba de ser «col·laborasionistes amb la repressió Espanyola» (con un error ortográfico nada raro en independentistas). Este acto, atribuido a un grupúsculo radical independentista posiblemente vinculado a Nosaltres Sols! (NS!*X), una panda nacionalista juvenil inspirada en formaciones de los años 30, fue un paso más en la escalada de una polémica que comenzó en las redes sociales. El detonante fue la inclusión en el catálogo de la compañía del documental Ícaro: la semana en llamas que, dirigido por Elena G. Cedillo y Susana Alonso, narra los disturbios en Barcelona en octubre de 2019 tras la sentencia del Tribunal Supremo contra los líderes independentistas por sedición, malversación y desobediencia.
El documental, estrenado en la plataforma el 9 de enero, tiene el inconcebible atrevimiento de adoptar exclusivamente la perspectiva de los agentes de la Unidad de Intervención Policial (UIP) de la Policía Nacional y no incluyen los testimonios de los Mossos d’Esquadra ni de los manifestantes independentistas. Efectivamente, los agentes describen las protestas como un «auténtico campo de batalla» y señalan las lesiones sufridas por tres policías. ¿Parcialidad? Para nada: Filmin cuenta en su catálogo con más de 11.000 títulos que incluyen obras sobre el procés desde visiones totalmente independentistas como L’endemà, Catalunya-Espanya o Ciutat morta. Pero ya sabemos cómo entienden ellos la pluralidad.
Naturalmente, los indepes alegan que el documental justifica la violencia policial y pasa por alto las denuncias por represión promoviendo un relato «españolista» y «catalanófobo». Personas que jalearon el golpe contra el estado, como Antonio Baños (ex CUP) y Josep Lluís Alay (oficina de Carles Puigdemont), han llamado a cancelar las suscripciones. En X, los usuarios independentistas lo ven como «propaganda de la dictadura borbónica», mientras que otros lo defienden como una «confesión» del odio español contra Cataluña y prueba de la ineptitud policial.
Jaume Ripoll, cofundador y director editorial de Filmin, denunció el vandalismo en X: «Qué triste llegar a la oficina y encontrar esto. Bastante hecho polvo, la verdad». En un comunicado, defendió la diversidad de opiniones: «Programar una película no equivale a suscribir su enfoque. Filmin no censura por orientación ideológica». Pero el hombre navega en lo políticamente correcto y lo está pasando fatal. Dice que el documental es «doloroso» para la sociedad catalana, que lo colgó sin verlo antes pero que firmaron un contrato temporal. Por ese motivo no lo van a mantener más allá del 31 de enero.
El incidente reaviva debates sobre los límites en la programación cultural, la polarización en redes y esa «pacificación» de Cataluña que nunca existió. No porque andemos tirándonos los trastos a la cabeza, sino porque siempre hay una mitad de la población que se la envaina y «lo deja correr». Veré el documental y seguiré suscrita a Filmin. Esperemos que si, a partir de ahora, optan por algún camino no sea el de la pusilanimidad y mantengan la apuesta por esa pluralidad que, aunque un pelín acojonados, dicen que defienden.