El derrumbe de los Puente
Lo más lógico sería que, cuando ustedes lean este artículo, Óscar Puente ya no fuera ministro de Transporte; pero en el sanchismo lo más lógico no es lo más probable, y lo que estará ocurriendo es que Puente seguirá profundizando los límites de su indecencia y haciéndose un hueco preferente en la borgiana Historia Universal de la Infamia.
No es fácil añadir algún calificativo a los que ya se han dicho y escrito sobre este político tan peculiar; y además de manera transversal, porque ni los más obtusos y sectarios de sus camaradas del Gobierno o del partido se atreven ya a defenderle. Y es que hasta el mismo Puente, de manera subliminal, se ha delatado a sí mismo y se ha mostrado como un perfecto inútil, completamente incapacitado para ejercitar las funciones de su cargo.
Después de Adamuz, Puente compuso un relato auto exculpatorio montado sobre la supuesta condición de impredecible e inevitable del accidente; algo que tardó muy poco en rebelarse como una burda patraña que ocultaba que la causa fue el insuficiente e inadecuado mantenimiento de las vías. Y, en esta ocasión, ha empezado sus declaraciones añadiendo otro adjetivo todavía más inaceptable: «El accidente fue causado por una instrucción inexplicable».
Debajo de esos adjetivos han quedado enterradas su aptitud y su actitud. Porque qué menos que ofrecer a los españoles, para dirigir el Ministerio que gestiona transporte y servicios esenciales, un servidor público que sea capaz de predecir, e incluso evitar, los accidentes, y que, si estos lamentablemente ocurren, sea capaz de explicarles sus causas.
El otro adjetivo lo puso Sánchez; con el tonito exigente y severo del que acaba de llegar (cuando lleva muchos años justificando gravísimos percances, antes y después del de Adamuz), va el tío y dice que «este accidente es inasumible». ¡Y nos lo dice él! Porque, claro, la única consecuencia lógica de esa afirmación sería prescindir inmediatamente de su ministro. Ya va tarde; y no sólo tres días, sino tres días y nueve meses.
Conociendo al presidente del Gobierno, es muy posible que sólo esté preocupado por sí mismo y por su campaña, y que crea que lo que más le conviene es mantener a Puente, como parapeto y para que le construya el relato que, aparentemente, le aleje de cualquier responsabilidad. A ese fin llevan dos días en Atocha haciendo corta/pega con los informes y las comunicaciones. Pero que no se engañe Óscar: de ésta no va a salir vivo, ni para las listas de las generales ni para volver a disputar la Alcaldía de Valladolid.
Y en el mismo paquete-Puente tendría Sánchez que incluir a una arpía, y, como decía la letra de Sabina, «se llama digamos que Sofía». Porque ya es momento de poner públicamente cara y ojos al brazo armado de Bolaños en el pucherazo de la Ley de Nietos; su instrucción ilegal fue impuesta a los perplejos cónsules, que avisaron que, a través de ella, el supuesto de nacionalización para los descendientes de los exiliados se extendía de forma impropia y absurda a cualquier persona de origen español.
Las consecuencias de esas nacionalizaciones ilegales van, como se avisó en primicia en OKDIARIO, más allá del derecho a voto que ha parado el Supremo, ya que, entre otros efectos, abrió la puerta a un desconocido número de nacionalizados por filiación para los que no se ha restringido la capacidad de votar. El daño causado, entonces, por la actuación de la directora general es mayor de lo que podría parecer, y su responsabilidad y culpabilidad es posible que amerite algo más que su inhabilitación.
En fin, los dos hermanos merecen el peor final de la más terrorífica película. Él, por acabar con la confianza de los españoles en el transporte ferroviario y con su orgullo por lo que hasta hace unos años era una infraestructura y un servicio modélico. Ella, por adulterar indeleblemente y de manera premeditada el censo electoral, que es el cuerpo vivo de la democracia. Ojalá que el último accidente que provoque el sanchismo sea el derrumbe de estos puentes.