Cuba: la pobreza como sistema
La realidad se ha comido el discurso socialista. En Cuba, un pensionista cobra alrededor de 1.500 pesos al mes. Un cartón de huevos cuesta 3.000. No hace falta añadir mucho más. La ecuación es tan brutal como sencilla: no alcanza para vivir. Ni siquiera para comer.
Y, sin embargo, durante años se ha preferido mirar hacia otro lado. Se han buscado explicaciones que suavicen lo que en realidad es una evidencia incómoda: en Cuba se pasa hambre. Hambre de la de verdad. De la que no admite retórica.
La isla atraviesa una situación límite. Escasez de medicamentos y falta de productos básicos. La vida cotidiana se ha convertido en una carrera de obstáculos en la que casi todo falla al mismo tiempo. Al cubano solo le queda la pura supervivencia.
El trabajo, que debería ser una vía de salida, tampoco ofrece refugio. El turismo, el único motor económico del país, se ha desplomado totalmente. Hoteles cerrados. Solo el 20% de los empleados hoteleros tenían contratos fijos, el resto , sencillamente, han dejado de cobrar. No hay alternativa. Solo incertidumbre.
Es imperativo decirlo sin rodeos: esto no es una crisis puntual. Es la consecuencia de un modelo que, llevado hasta sus últimas consecuencias, produce exactamente esto.
Un sistema que concentra el poder económico en el Estado hasta vaciar de contenido la iniciativa individual. Que sustituye la libertad por dependencia. Que desactiva los incentivos básicos para producir, para invertir, para innovar. Y que, al hacerlo, termina erosionando la propia base material de la sociedad.
No es cuestión ideológica. Es una cuestión de resultados.
Cuando los precios dejan de reflejar la realidad, cuando la propiedad privada desaparece o se convierte en algo residual, cuando el ciudadano no puede decidir qué hacer con su trabajo o sus recursos, la economía deja de funcionar en sentido literal. Aparecen la escasez, el desabastecimiento,Y, con ellos, el deterioro progresivo de las condiciones de vida.
La pobreza, en ese contexto, no es una anomalía. Es el desenlace inevitable .
Y cuando la pobreza se generaliza, el poder se aferra como puede. La represión se convierte en un mecanismo de supervivencia del propio sistema. Se limita la disidencia, se castiga la protesta y se intenta controlar el relato. Porque sin control, sin miedo, el edificio se vendría abajo mucho antes.
Pero incluso los sistemas más cerrados tienen un límite. Y en Cuba ese límite ya ha llegado; la falta de recursos y la frustración acumulada durante años están generando algo que ningún gobierno puede manejar indefinidamente: la pérdida del miedo.
Cada protesta, cada gesto de desobediencia, que consigue salir al exterior es una grieta en un muro que durante décadas pareció infranqueable.
En este punto, la comunidad internacional no puede seguir instalada en la comodidad de la ambigüedad. El respeto a la soberanía no puede convertirse en una excusa para ignorar lo que ocurre dentro de las fronteras cuando lo que está en juego son derechos básicos; la soberanía reside en el pueblo , no en los tiranos.
El derecho internacional no nació para proteger a quienes concentran el poder, sino para amparar a quienes no lo tienen. Y cuando un Estado deja de garantizar las condiciones mínimas de vida y libertad a su población, la indiferencia exterior es una absoluta inmoralidad.
No se trata de imponer soluciones desde fuera.Se trata de algo más básico: reconocer la realidad, decirla en voz alta y actuar en consecuencia. Presionar, denunciar, erigirse en nombre de los que no pueden hablar, acompañar a una sociedad que, a pesar de todo, sigue buscando espacios de libertad.
Porque los sistemas que niegan de forma sistemática la libertad económica y política terminan cayendo. No por un golpe de suerte ni por una intervención puntual, sino por el desgaste interno de sus propias contradicciones.
Cuba no está al borde de una transformación por voluntad del poder, sino por agotamiento de la realidad. Porque no hay propaganda capaz de llenar un estómago vacío, ni represión que pueda sostener indefinidamente un país en ruinas. Y mantenerse en silencio ante este panorama no es prudencia, es otra cosa…